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Red Robin estaba exhausto de Nemo, cansado de la misma rutina una y otra vez. Nemo sembraba el caos y, como siempre, él tenía que estar ahí para recoger los escombros, detenerlo y tratar de atraparlo para encerrarlo en la cárcel de Arkham. Pero el villano era astuto y escurridizo, siempre encontraba la forma de escaparse o jugaba sus cartas con tal destreza que siempre conseguía huir. Sin embargo, esta vez las cosas eran diferentes. Por culpa de una de las bombas de Nemo, ambos quedaron atrapados bajo grandes bloques de hormigón. La presión del concreto sobre su cuerpo era insoportable, y el aire, espeso con polvo, les dificultaba aún más la respiración. No había forma de salir de allí. Cualquier intento de mover algo podría ser mucho más peligroso. La única opción era esperar que alguien viniera a rescatarlos. Nemo estaba esposado, pero Red Robin no le quitaba la vista de encima mientras su mente trataba de formular algún plan para salir de esa trampa.

El polvo flotaba en el aire, suspendido como una nube densa que envolvía el espacio y dificultaba aún más la visibilidad. Red Robin, atrapado bajo la losa de concreto, sentía el peso no solo del bloque, sino de los años de lucha constante contra Nemo. No se trataba solo de enfrentarse a él, sino de la sensación de estar atrapado en un ciclo interminable, donde siempre debía detenerlo y, aún así, siempre regresaba. La frustración le consumía por dentro. Cada minuto que pasaba allí, su cansancio era más evidente, no solo físico, sino emocional. La fatiga de la guerra interminable que parecía no tener fin.

El sonido de su respiración, agitada y entrecortada, rompía el pesado silencio. Estaba cerca de Nemo, lo suficiente como para sentir su presencia inquietante. A pesar de estar aparentemente inmovilizado, Nemo no dejaba de sonreír con esa expresión inmutable, esa mueca que tanto irritaba a Red Robin. Las esposas brillaban bajo la tenue luz que se filtraba desde algún rincón lejano, pero la calma de Nemo no era la de alguien derrotado. Era la calma del que sabe que la partida no está perdida. El juego nunca acaba realmente. Siempre había algo más, una jugada inesperada.

— ¿Crees que alguien vendrá por nosotros? — preguntó Nemo, su tono casi burlón, como si se estuviera divirtiendo con la situación.

Red Robin no respondió de inmediato. Sus ojos recorrían la escena, buscando alguna grieta, alguna posibilidad de escapar o una forma de salir de allí antes de que el tiempo se agotara. Pero no podía evitar pensar en las palabras de Nemo. Durante tanto tiempo había estado esperando el rescate de sus compañeros, pero a medida que pasaba el tiempo, la sensación de que la ayuda no llegaría comenzaba a apoderarse de él.

— ¿Qué has hecho? — respondió finalmente, su voz grave y cargada de duda, aunque no podía evitar que esa sensación de culpa le perforara por dentro. Siempre se preguntaba si las cosas podrían haber sido diferentes. Si tal vez Nemo no sería una amenaza si hubiera actuado antes, si lo hubiera detenido cuando aún tenía oportunidad. ¿Cuántas veces más tendría que vivir esto?

Nemo soltó una risita, esa risa que parecía recorrerle el cuerpo, alimentada por la adrenalina y la diversión que nunca lo abandonaba.

— Hiciste lo que pudiste, Red Robin. Pero ya sabes lo que dicen… siempre hay más en juego.

El silencio se instaló entre ellos, pesado y palpable. A pesar de estar esposado, a pesar de estar aparentemente a la merced de Red Robin, el héroe sabía que Nemo nunca jugaba para perder. Su mirada fija en él reflejaba algo más allá de la calma superficial; una chispa inquebrantable de diversión, la misma que siempre tenía, incluso en las peores situaciones.

Red Robin entrecerró los ojos, una mezcla de impotencia y furia inundando su ser. A veces tenía la paciencia de tolerar la voz de Nemo, pero en ese momento, con el cansancio acumulado, la irritación era más fuerte. Se acercó a él, decidido a no caer en su juego. No iba a darle el lujo de explotar y darle una bofetada como deseaba hacer, sino que se arrodilló frente a él, mirando de cerca sus ojos, mientras el villano permanecía sentado, con las manos esposadas, en una postura que solo aumentaba su aire de desprecio.

“Nemo… no puedo seguir recogiendo todo lo que destruyes. Algún día esto terminará, y cuando eso pase, yo no estaré allí para remediarlo. ¿Entonces qué harás? ¿Irás llorando a tus socios para que te saquen de esta? Créeme… tus socios no darían ni un centavo por ti.”

Nemo ladeó la cabeza lentamente, su sonrisa se ensanchó levemente, pero en sus ojos se reflejaba algo mucho más profundo. No era ira, ni siquiera molestia, sino esa chispa inquebrantable de diversión que jamás se apagaba, como si todo fuera solo un juego más para él.

— Oh, Red Robin, qué ingenuo eres… —susurró, alargando las palabras como si fuera un secreto compartido—. Siempre hablas como si fueras indispensable. Como si, sin ti, todo se fuera a desmoronar.

Red Robin no apartó la mirada. No iba a dejar que Nemo lo arrastrara a uno de sus juegos mentales. Esta vez no.

— No es sobre mí, es sobre ti —respondió con firmeza—. Crees que todo gira en torno al caos, que siempre habrá alguien para recoger los pedazos que dejas atrás. Pero algún día te quedarás solo, atrapado en una de tus propias trampas, y entonces… ¿qué? ¿Quién estará allí para sacarte?

Nemo inclinó la cabeza hacia atrás, apoyándola contra el bloque de hormigón que lo rodeaba. La risa que escapó de su boca resonó en el espacio reducido, un eco que parecía multiplicarse en la oscuridad que los envolvía.

— ¿Sabes? Me gusta verte así, con esa frustración contenida. Te hace más humano.

Red Robin no reaccionó, pero su mandíbula se tensó, marcando la incomodidad que sentía con cada palabra de Nemo.

—No soy el único que se cansará de este juego, Nemo. Gotham se cansa. Tus socios se cansan. Y cuando ya no seas útil, cuando estés atrapado sin una bomba, sin un plan, sin una salida… ¿qué harás entonces?

Nemo guardó silencio por un momento, como si las palabras de Red Robin lo hubieran tocado en algún rincón de su mente. Durante un segundo, Red Robin pensó que había sembrado una duda, que tal vez la semilla de la incertidumbre comenzaba a germinar. Pero Nemo no tardó en inclinarse ligeramente hacia él, sin perder esa sonrisa implacable.

—Entonces… tendré que asegurarme de que, cuando llegue ese día, tú también estés atrapado conmigo.

Red Robin, con una mirada fulminante, alzó el brazo para mostrarle el escenario que se extendía a su alrededor. Un escenario de caos y desolación, de consecuencias irreparables. Un escenario donde ambos estaban atrapados, víctimas de sus propios actos.

—Este día ha llegado, Nemo, está más cerca de lo que crees. Solo tienes que mirar a tu alrededor.

El tono de Red Robin era frío, pero cargado de determinación. No quería mostrarle ni un ápice de duda. En su interior, ya había tomado una decisión. Esta vez, no habría escape para Nemo.

—Esta vez no te escaparás, Nemo. Esta vez te meteré en prisión… por tu propio bien.

Con un movimiento rápido, Red Robin agarró a Nemo por la ropa y lo tiró hacia él, empujándolo de forma que Nemo pudiera ver que la amenaza era real. La tensión en el aire se palpaba, y aunque las palabras de Red Robin eran firmes, había algo en su expresión que delataba su frustración.

Nemo, sin mostrar resistencia alguna, dejó que Red Robin lo jalara hacia él. Sin embargo, su sonrisa no desapareció. Sus ojos recorrieron lentamente los escombros, como si realmente estuviera viendo la ruina reflejada en ese paisaje de destrucción, como si aceptara que, de alguna forma, esto era su destino.

—Vaya, Red… suenas casi como si te importara —comentó Nemo, su voz ligera, burlesca, pero con un tinte de algo más que no era fácil de identificar.

Red Robin no se dejó distraer. Mantuvo el agarre sobre su ropa, firme como una roca. Sabía que tenía que mantener el control, aunque la presencia de Nemo le resultara cada vez más difícil de manejar.

—No me importas tú, me importa detenerte antes de que esto te mate —respondió con frialdad, sin apartar la mirada.

Nemo rió, una risa baja y casi imperceptible, como si fuera un susurro en la quietud del caos. Había algo en esa risa, algo más que la simple burla.

—Siempre tan heroico… Siempre creyendo que puedes salvar a todos, incluso a los que no quieren ser salvados.

La mandíbula de Red Robin se tensó. Esa frase, tan característica de Nemo, siempre lo hacía perder la paciencia, pero ahora no podía ceder. No esta vez.

—No se trata de lo que quieres, Nemo. Se trata de lo que has hecho. Y esta vez, no hay escape, no hay bombas, no hay socios que vengan a sacarte. Solo estamos tú y yo, y cuando salgas de aquí, será directo a Arkham.

Un silencio pesado llenó el aire entre ellos. Nemo lo miró con una intensidad desconcertante, evaluando cada palabra, cada movimiento. Finalmente, con un encogimiento de hombros y una sonrisa ladeada, murmuró:

—Si realmente creyeras eso… no estarías tratando de convencerme.

Red Robin lo soltó con un leve empujón, como si necesitara alejarse de la actitud inquebrantable de Nemo, de esa sonrisa que nunca se iba. Pero no podía dejar que eso lo distrajera. En ese momento, la única cosa que importaba era asegurarse de que Nemo no escapara, no esta vez.

El polvo seguía cayendo, y la incertidumbre se mantenía en el aire. Quizás la ayuda llegaría. Quizás no. Pero lo que Red Robin sabía con certeza era que esta vez, Nemo no saldría de allí como siempre. O eso quería creer, al menos.

De repente, el techo comenzó a tambalear, un crujido resonó y, antes de que pudiera reaccionar, algo cayó con fuerza. El peligro de quedar atrapados bajo los escombros se hizo real. Red Robin vio cómo un bloque de concreto caía directamente sobre Nemo, y sin pensarlo, se abalanzó hacia él, empujándolo con rapidez para apartarlo del impacto.

El golpe fue inevitable, pero Red Robin consiguió protegerlo, quedando ambos sepultados aún más bajo los escombros. Red Robin estaba sobre Nemo, su cuerpo protegiéndolo de los bloques caídos mientras el polvo les rodeaba.

Nemo parpadeó, sorprendido por la repentina acción de Red Robin. Por un momento, no hubo palabras, solo la respiración agitada de ambos, el sonido de los escombros asentándose a su alrededor y el peso del héroe sobre él. Red Robin, aunque enfadado, había decidido salvarlo.

Luego, esa sorpresa inicial se transformó en algo diferente. Algo que ni siquiera él pudo definir completamente.

—Vaya, Red… —murmuró Nemo, con su tono habitual burlesco, pero esta vez había algo más. Una ligera sorpresa en su voz—. Si querías tenerme así de cerca, solo tenías que pedirlo.

Red Robin bufó, apartándose apenas para apoyarse en sus antebrazos. Su ceño estaba fruncido, la frustración evidente en su rostro.

—Cállate, Nemo.

Pero Nemo no podía quedarse callado, no cuando su mente aún procesaba lo que acababa de ocurrir. Red Robin lo había salvado. A pesar de todo, a pesar de que cada fibra de su ser seguramente deseaba verlo tras las rejas, había elegido salvarlo.

Nemo inclinó la cabeza ligeramente, haciendo tintinear las esposas al mover las muñecas.

—Así que… sigues empeñado en salvarme, ¿eh?

Red Robin apartó la mirada por un instante, pero fue suficiente para que Nemo lo notara.

—¿Ves? —susurró, con esa sonrisa ladina que siempre lo caracterizaba—. No es solo por justicia. Te importa.

La mandíbula de Red Robin se tensó aún más.

—Me importan las vidas que arruinas, Nemo.

—Incluida la mía, al parecer —respondió el villano, casi en un susurro.

La tensión entre ambos era palpable, diferente a todas las veces anteriores. Tal vez porque el espacio era aún más reducido, tal vez porque esta vez Nemo no tenía una salida clara, o tal vez porque, en el fondo, siempre habían estado atrapados el uno con el otro. Solo que ahora, esa trampa era literal.

Nemo suspiró dramáticamente.

—Bueno, Red, parece que nos hemos metido en un problema más grande. ¿Y ahora qué? ¿Esperamos a que nos rescaten o te sigues convenciendo de que no te importo?

Red Robin trataba de mantener la vista fuera del hombre, mantener distancia aunque era imposible en ese espacio tan reducido. La tensión en el aire era innegable. Bajó la vista, frustrado, hacia el hombre que aún tenía el poder de desestabilizarlo.

—Vas a quedarte callado y quieto. No te quiero oír más —dijo, apretando los dientes, sin poder negar que cada palabra de Nemo lograba afectarlo.

La atmósfera seguía densa, cargada de esa incomodidad mutua. Ambos estaban atrapados, no solo bajo los escombros, sino por sus destinos entrelazados. Sin salida, sin respuestas claras.


Pero Nemo no era alguien que supiera cuándo dejarlo ir. Ladeó la cabeza, observando a Red Robin con esa intensidad que hacía que la piel se erizara.

—¿Sabes? —murmuró, con un tono más bajo, casi… sincero—. A veces me pregunto qué sería de ti sin mí.

Red Robin levantó la mirada bruscamente, sus ojos ardiendo con furia contenida.

—Sería libre.

Nemo soltó una risita, pero esta vez no hubo burla en ella. Solo algo más enredado en el aire tenso entre ellos.

—No lo creo.

Red Robin no contestó. No podía. Porque, en el fondo, aunque odiaba admitirlo… Nemo tenía razón.

Un peso extraño cayó sobre él, como si, de alguna manera, se hubiera asomado a algo que siempre había temido aceptar. ¿Qué sería de él sin la constante presencia de Nemo, sin las misiones interminables y las confrontaciones que nunca parecían acabar? Podría vivir una vida más tranquila, menos frenética, menos… destruida. Podría llevar una existencia menos atormentada por las decisiones de un hombre al que siempre debía detener, que siempre lo desbordaba, que siempre lo obligaba a cuestionarse.

Pero lo que Red Robin no podía aceptar era que la ausencia de Nemo significaría la ausencia de todo lo que había sido. Su vida, por muy caótica que fuera, parecía estar entrelazada con esa constante lucha.

Red Robin se quedó en silencio, apartando la mirada. Un suspiro pesado y cargado de agotamiento mental salió de sus labios. No dijo nada, solo dejó que el silencio se alargara entre ellos, como una pared invisible que se levantaba cada vez que Nemo lo desafiaba con esas palabras.

Nemo no perdió detalle de la reacción de Red Robin. Esa pausa, ese silencio… era más elocuente que cualquier respuesta mordaz que pudiera haberle dado. No necesitaba palabras para saber que había tocado algo dentro de él, algo que el héroe no quería enfrentar. La verdad incómoda de que, de alguna forma, todo esto era más personal de lo que Red Robin quería admitir.

Por primera vez en mucho tiempo, Nemo también guardó silencio. No porque no tuviera algo que decir, sino porque, por alguna razón, sintió que romper ese momento lo haría menos real. Y había algo en el aire, algo extraño que lo mantenía allí, en ese instante suspendido.

El aire era denso, cargado de polvo y tensión. Los escombros seguían cayendo lentamente, pero lo que pesaba más era la incomodidad palpable entre ambos. Red Robin aún estaba sobre Nemo, sus cuerpos demasiado cerca, demasiado entrelazados en un desastre que Nemo mismo había causado. Todo parecía frenado en ese instante, como si nada más pudiera moverse, como si el universo hubiera detenido su curso por un breve momento.

Finalmente, Nemo desvió la mirada hacia la nada, exhalando con una sonrisa casi… cansada.

—No tienes que salvarme siempre, Red.

Era la primera vez que decía algo así. Sin burla, sin provocación. Solo una afirmación simple, casi resignada.

Pero Red Robin no respondió. Y ese silencio, más que cualquier palabra, dejó una verdad flotando entre los dos. ¿Realmente necesitaba salvarlo? ¿Por qué sentía esa necesidad persistente? La duda empezó a formar raíces en su mente, pero no era algo a lo que pudiera aferrarse por mucho tiempo. La respuesta seguía siendo la misma: si no lo hacía, alguien más lo haría. Pero, ¿quién? ¿Acaso alguien más lo salvaría de sí mismo?

Red Robin alzó la vista levemente, casi como si no quisiera ser percibido. Observó el rostro del hombre bajo él, esta vez sin signos de altanería ni arrogancia, algo raro en Nemo. Sin juegos, sin máscaras. Algo extraño pasaba en ese momento, y Red Robin no podía dejar de notarlo. Pero se negó a darle importancia. No podía ceder. No podía darle el valor que él no merecía. Tenía que mantenerse distante, frío, incluso a pesar de la cercanía física a la que estaban siendo forzados.

Si no lo salvaba, ¿quién lo haría? Esa pregunta seguía rondando en su mente. Y la respuesta seguía siendo vacía.

Red Robin cerró los ojos un instante, como si eso pudiera alejar la pregunta que se había formado en su mente. Como si pudiera evitar la sensación de que, sin importar cuántas veces atrapara a Nemo, cuántas veces lo metiera en prisión o tratara de romper este ciclo, siempre terminaría de vuelta en el mismo punto.

Porque si él no lo salvaba, nadie más lo haría.

Se odió por pensar de esa forma. Odió que, en el fondo, parte de él sintiera esa responsabilidad, como si Nemo fuera su problema, su carga. Como si, de alguna manera retorcida, su destino estuviera atado al de él. Todo lo que Bruce había enseñado, todo lo que Nightwing había vivido con Slade… esas lecciones y esa historia seguían resonando en su mente. No podía caer en la misma trampa. No podía ser su cruz.

El ciclo tenía que romperse.

—No digas estupideces —murmuró finalmente, su tono más bajo, más opaco, como si tratara de ahogar esa voz interior que lo instaba a seguir.

Nemo sonrió apenas, como si supiera exactamente qué estaba pasando por la cabeza de Red Robin. Como si, en el fondo, se regodeara en el hecho de que, por mucho que el héroe intentara convencerse de lo contrario, siempre acabaría volviendo a él.

—Lo que digas, Red.

Y, en ese momento, Red Robin supo que, por mucho que lo intentara, nunca lograría escapar completamente de la sombra de Nemo.


El silencio volvió a envolverlos, pero esta vez, no era solo el eco de los escombros… era el peso de una verdad que ninguno de los dos estaba listo para admitir.

Red pensó en cambiar de tema, en olvidarse de aquello. Pensó en todas las maneras en las que podía quitarse ese momento incómodo, ese sentimiento persistente que empezaba a hacerle cosquillas en la mente. Finalmente suspiró, agarró a Nemo de los hombros y trató de moverlo para hacer hueco, pero era imposible. Todo estaba demasiado apretado.

—Nemo, por dios, solo tienes que echarte a un lado, si ocupas todo el espacio… no puedo estar todo el tiempo encima tuya.—

Nemo dejó escapar una risa baja, casi como un ronroneo de diversión, esa clase de risa que solo él podía hacer, una que lograba cambiar el tono de la atmósfera por completo.

—Oh, Red, no sabía que esto te incomodaba tanto —murmuró con esa voz suave, cargada de una diversión mal disimulada—. Y aquí pensé que estabas cómodo.

Red Robin apretó los dientes, ignorando el calor que subió a su cuello, sintiendo cómo la incomodidad se apoderaba de cada músculo.

—Nemo, te lo advierto…

—¿Me vas a arrestar por ocupar demasiado espacio? —bromeó el villano, pero finalmente se movió un poco, lo justo para darle a Red Robin algo de maniobra.

Claro que lo hizo con lentitud exagerada, como si disfrutara cada segundo de la incomodidad del otro.

—Listo, listo… aunque admitiré que esto tenía su encanto.

Red Robin rodó los ojos, sintiendo la frustración burbujeando en su interior mientras finalmente conseguía acomodarse mejor, dándole la espalda a Nemo. Como si eso fuera a facilitar las cosas, como si el simple hecho de no verlo pudiera ayudarle a alejarse de la tensión que seguía flotando entre ellos.

—Dime que al menos tienes un plan —dijo Nemo, con su tono usual pero sin esa chispa de burla demasiado afilada, como si, por una vez, estuviera mostrando una leve preocupación.

Red Robin no contestó de inmediato. Porque la verdad era que, por primera vez en mucho tiempo, no estaba seguro de cómo salir de esta. No había ninguna solución fácil, y el hecho de estar atrapados bajo escombros solo complicaba las cosas.

Red Robin abrió el comunicador de su muñeca e intentó encontrar alguna señal electromagnética cerca, pero debido al derrumbe, ya no quedaba ninguna. Frustrado, miró alrededor. Nada.

Nemo, divertido por la situación, se acercó más a su espalda, deslizando su mano por la tela de la capa, tirando ligeramente de ella. Red Robin giró ligeramente la cabeza, apretando sus dientes y frunciendo el ceño. ¿Qué estaba haciendo ahora? ¿Estaba jugando de nuevo con él?

—¿Qué demonios estás haciendo? —espetó Red Robin, girando apenas el rostro para lanzarle una mirada dura.

Pero Nemo solo sonrió, sin prisa, disfrutando demasiado de la situación.

—Relájate, Red. Solo estoy matando el tiempo… —murmuró, dándole un pequeño tirón extra a la capa, como si la textura le resultara interesante—. Además, siempre he querido ver qué tan resistente es esto.

Red Robin respiró hondo, tratando de ignorar el escalofrío que recorrió su espalda al sentir el contacto. No era tanto por el gesto en sí, sino por lo innecesario que era.

—Déjalo. Ahora.

—Tienes que admitir que esta es una situación… interesante —continuó Nemo, ignorando la advertencia—. ¿Cuántas veces hemos estado así? Atrapados. Encerrados. Juntos.

El ceño de Red Robin se frunció aún más.

—Esta es la primera vez que quedamos sepultados bajo escombros, si es a eso a lo que te refieres.

—No me refiero a los escombros, Red.

Esa respuesta le hizo apretar los puños. Porque sabía lo que Nemo estaba insinuando, sabía que no se refería solo a este derrumbe, sino al ciclo en el que ambos estaban atrapados desde hacía tiempo. Ese ciclo sin fin, donde se veían atrapados, con momentos de tensión y provocaciones que siempre los mantenían juntos, aunque fuera de manera retorcida.

Red Robin cerró los ojos un segundo, tratando de calmar el peso en su pecho.

—Si realmente quieres hacer algo útil, entonces ayúdame a encontrar una salida en lugar de… esto.

—Oh, pero Red… —Nemo se inclinó un poco más, su aliento rozando la nuca del héroe—. Esto es mucho más divertido.

Red Robin sintió como un calambre más intenso recorría desde su nuca hasta su espalda. Su cuerpo estaba rígido, y no dejó que Nemo pudiera ver la reacción de su cuerpo, pero el silencio decía más que mil palabras. Red Robin se giró, casi exhausto de aquella situación, y agarró a Nemo del cabello, tirándolo hacia atrás con fuerza.

—Te lo advierto, Nemo, no estoy jugando.— Dijo mientras seguía tirando, apretando sus dientes.

Nemo dejó escapar un jadeo entrecortado, más por la sorpresa que por el dolor. Su sonrisa se curvó de forma lenta, como si el tirón de cabello no fuera una advertencia, sino un estímulo más para seguir empujando los límites.

—Oh, Red… —murmuró, su voz ronca por la postura en la que lo tenía atrapado—. Eso es lo que más me gusta de ti.

Red Robin lo miró con furia contenida, sus dedos todavía enredados en el cabello de Nemo. No quería darle más espacio para jugar, no quería caer en su ritmo, pero todo en él estaba diseñado para provocarlo.

—No me tientes —advirtió, su voz más baja, más grave.

Pero Nemo solo se rió, inclinándose lo poco que podía con la cabeza aún atrapada entre los dedos de Red Robin.

—¿Y si lo hago? ¿Vas a detenerme? ¿O solo seguirás… reaccionando?

Esa última palabra estaba cargada de significado. Y lo peor es que tenía razón. Red Robin estaba reaccionando. Estaba respondiendo, en lugar de ignorarlo, en lugar de mantener la mente fría. Y eso solo le daba más poder a Nemo.

Con un gruñido frustrado, Red Robin lo soltó bruscamente, empujándolo apenas para crear distancia. Se alejó lo poco que el espacio reducido le permitía, respirando hondo para calmar la tensión en su cuerpo.

—Sabes, Red —dijo Nemo con tono ligero, masajeándose el cuero cabelludo donde lo había sujetado—, si sigues tocándome así, me va a costar creer que no quieres jugar.


Red Robin no respondió. No podía. En el fondo, odiaba lo mucho que Nemo disfrutaba de todo esto. Y lo que era peor… odiaba lo mucho que él estaba empezando a sentirlo también. El peso de la tensión, esa sensación incómoda, estaba creciendo, y no podía negarlo.

Red Robin apretó su mirada sobre la de Nemo, un fuego dentro de él que solo deseaba extinguir de alguna manera. ¿A qué diablos estaba jugando ahora? Con una seriedad implacable, le respondió.

—No te recomiendo que te excedas, Nemo, o si no también añadiré acoso sexual en tu informe penitenciario.

Nemo parpadeó un par de veces, pero no pasó mucho tiempo antes de que su risa baja y profunda llenara el pequeño espacio donde estaban atrapados, como un eco lejano que solo aumentaba la incomodidad de la situación.

—Vaya, Red… —murmuró con diversión genuina—. No sabía que tenías un sentido del humor tan afilado.

Red Robin no sonrió, su rostro seguía impasible, su mirada fija en Nemo, como si intentara perforarlo con ella. No iba a darle el placer de una reacción más allá de su advertencia. Pero Nemo, como siempre, disfrutaba del control de la situación.

—¿Sabes qué es lo mejor? —continuó, con esa sonrisa juguetona que solo acentuaba la tensión—. Que para que eso tenga peso en mi informe, tendrías que admitir que sentiste algo.

Red Robin entrecerró los ojos, una mezcla de furia y agotamiento en su rostro.

—No. Solo tengo que dejar constancia de que eres un maldito fastidio.

—Oh, Red, eso ya lo saben todos. Pero lo que nadie sabe es qué tanto te afecta este “fastidio”.

El silencio volvió a caer entre ellos, pero esta vez Red Robin no se quedó esperando la próxima provocación. Su voz se volvió firme, casi como un mantra para calmarse.

—Voy a sacarnos de aquí.

Su tono era inquebrantable, como si intentara convencerse a sí mismo de que eso era lo único que importaba. Ignoró por completo la risa que aún vibraba en su oído, el calor persistente en su piel, y el malestar que sentía por estar tan cerca de Nemo. Se giró y comenzó a revisar los escombros una vez más, analizando cada grieta, buscando alguna salida, cualquier forma de escapar.

Pero no pudo evitar escuchar el susurro bajo que llegó detrás de él.

—Lástima… yo podría quedarme un rato más.

Red Robin apretó los dientes con fuerza, sintiendo cómo la frustración se acumulaba en su pecho.

—Normal… una vez salgas de aquí, pretendo meterte entre rejas otra vez.

Dijo con un tono firme y molesto, mientras palpaba cada pared alrededor, intentando encontrar la más débil.

Nemo, como era su costumbre, no se detuvo. Su única misión en ese momento era provocarlo. Ver cómo reaccionaba. Y le gustaba mucho lo que veía.

Ladeó la cabeza, observando cada movimiento de Red Robin con ese brillo afilado en la mirada, como un depredador que acechaba a su presa, esperando el momento perfecto para atacar.

—Vaya, Red… —murmuró con falsa decepción—. Me dices eso como si esta fuera la última vez que lo intentarás.

Red Robin ignoró su tono, concentrándose en su tarea. Pero Nemo no iba a dejarlo escapar tan fácil.

—¿Sabes? —continuó, con un aire pensativo que solo incrementaba la tensión—. A veces me pregunto… ¿qué harás cuando un día realmente lo logres? Cuando finalmente me encierren en Arkham y no pueda salir.

Red Robin siguió palpando la pared más frágil, pero su mandíbula se tensó al escuchar las palabras de Nemo.

—Tendré una preocupación menos en mi vida.

Nemo se inclinó un poco, su voz deslizándose con suavidad, tan cerca de Red Robin que casi podía sentir la calidez de su aliento.

—¿Eso crees? —dijo con una sonrisa torcida, rozando los límites de la provocación—. ¿O más bien sentirás que te falta algo?

Red Robin se detuvo por un segundo, apenas un parpadeo de duda antes de seguir con su trabajo. No lo reconoció, no quería reconocerlo. Pero la verdad era que Nemo tenía razón. Parte de él sabía que siempre habría algo más, algo que lo mantenía atrapado en este ciclo sin fin.

Nemo sonrió. Y no era una sonrisa amable. Era esa sonrisa retorcida que sabía que Red Robin no podía ignorar.

—Porque, seamos honestos, Red… si no estuviera yo, ¿qué harías con todo el tiempo que me dedicas?

Red Robin golpeó los escombros con más fuerza de la necesaria, su respiración más entrecortada por la frustración que por el esfuerzo físico, sin atreverse a mirarlo. Su cuerpo tenso, cargado de una energía contenida que solo aumentaba la tensión en el aire.

—Cualquiera pensaría que el obsesionado eres tú.

Nemo soltó una risa baja y vibrante, como una corriente eléctrica que recorría el espacio entre ellos, su presencia ampliándose. Se inclinó aún más, acercando sus labios peligrosamente a la oreja de Red Robin, su aliento cálido rozando su piel con una caricia invisible.

—Oh, pero si yo estoy obsesionado… —susurró, su voz una melodía peligrosa—, ¿qué dice eso de ti?

Red Robin cerró los ojos por un breve instante, sintiendo cómo la tensión se acumulaba en su pecho. Inhaló profundamente, tratando de calmarse, pero la creciente incomodidad lo hizo arder por dentro. No iba a caer en su juego. No esta vez.

Con un resoplido, usó su fuerza para golpear la pared que había identificado como más débil, logrando que algunos escombros cedieran con un estrépito ruidoso.

—Dice que voy a salir de aquí. Contigo o sin ti.

Nemo sonrió, ese gesto de satisfacción helada en su rostro, como si ya supiera lo que pasaba por la mente de Red Robin. Porque, en el fondo, él lo conocía demasiado bien. Sabía que no importaba cuánto lo negara… Red Robin nunca lo dejaría atrás.

Con un movimiento inesperado, Nemo alargó sus manos esposadas y tiró de la muñeca de Red Robin, deteniéndolo con una fuerza que lo sorprendió. No era el momento de escapar, no para Nemo. Quería que esta agonía se alargara más, que Red Robin se sintiera atrapado en su propia impotencia.

En un abrir y cerrar de ojos, Nemo se posicionó sobre Red Robin, el peso de su cuerpo aplastando al héroe contra el suelo, mientras las manos esposadas lo mantenían inmovilizado. Red Robin, que no había tenido tiempo de reaccionar, se encontró con la espalda contra el suelo, la respiración agitada no solo por el esfuerzo físico, sino por la sorpresa que le había generado la rapidez del villano.

—¿Qué demonios crees que estás haciendo? —espetó, su voz quebrada por la furia, pero también por una incomodidad que se filtraba a través de sus palabras.

Nemo sonrió ampliamente, disfrutando del control, del poder que tenía sobre Red Robin en ese instante. Se inclinó apenas, acercando su rostro al del héroe, haciendo que sus labios quedaran peligrosamente cerca de su oído.

—Solo asegurándome de que no arruines la diversión demasiado rápido.

Red Robin forcejeó, su cuerpo tensándose, pero el espacio reducido y la posición incómoda de tener a Nemo sobre él lo mantenían atrapado, imposibilitado de moverse sin desplazar los escombros que los rodeaban.

—Esto no es un juego, Nemo.

—¿No? —susurró el villano, con una mirada que destilaba intensidad, una chispa peligrosa encendida en sus ojos—. Porque a mí me parece que llevamos años jugando al mismo.

La tensión entre ellos creció hasta volverse palpable, como una cuerda tirante a punto de romperse. Red Robin podía escuchar su propio pulso martillando en sus oídos, el ritmo frenético de su respiración. No solo por la ira que lo consumía, sino por algo más profundo, algo que no quería aceptar ni permitir.

Con un movimiento brusco, aprovechó la mínima movilidad que le quedaba y giró su cuerpo, invirtiendo las posiciones. Ahora él tenía a Nemo atrapado debajo de él, sus manos firmes en los hombros del villano, sus dedos hundiéndose en la tela de su camisa con fuerza, y su mirada fija en los ojos de Nemo, ardiente de furia contenida.

—Si sigues probando mi paciencia, vas a ver qué pasa cuando me harto de verdad.

Nemo soltó una risita, divertida a pesar de estar atrapado.

—Oh, Red… eso es exactamente lo que quiero ver.

El cuerpo de Red Robin se tensó aún más, su mandíbula apretada con tal fuerza que le dolió. Para Nemo todo siempre era un juego, un juego sucio para desestabilizarlo, para empujarlo al límite. Y eso lo enervaba. Con una furia silenciosa, Red Robin agarró el rostro de Nemo, sus dedos apretando la mandíbula del villano con tanta fuerza que apenas podía moverse. Quería que lo mirara, que sintiera el peso de su advertencia.

—¿Qué es lo que se supone que quieres ver, eh? Dilo Nemo, porque esta situación solo me cabrea cada vez más.

Nemo dejó escapar un jadeo entrecortado, no por dolor, sino por la fuerza con la que Red Robin lo sujetaba. Su respiración irregular, el brillo en sus ojos cada vez más oscuro, se convirtió en algo más peligroso que una simple provocación. Había algo en su mirada que no tenía nada que ver con el juego de siempre.

—Eso. —Su voz se deslizó en un susurro cargado de algo indescifrable, un deseo silencioso—. Eso mismo.

Red Robin apretó más la mandíbula, sus dedos todavía hundidos en la piel de Nemo. La tensión se amplificaba, la atmósfera espesa, casi irrespirable. No podía apartarse. No quería apartarse.

—Deja de hablar en acertijos y dilo de una maldita vez.

Nemo entrecerró los ojos, su sonrisa ladeada como una provocación descarada. Sabía que estaba tocando el punto más débil de Red Robin.

—Quiero verte perder el control.

El silencio que siguió fue brutal. Pesado. Como una bomba a punto de estallar.

Red Robin sintió la rabia quemándole la garganta, pero lo peor de todo era que no era solo ira. Había algo más profundo, algo que no quería admitir ni desatar. Algo que lo aterraba. Nemo lo sabía. Lo veía en cada tensión de su cuerpo, en cada respiración entrecortada.

—No va a pasar —gruñó Red Robin, pero su agarre no aflojó.

Nemo sonrió más ampliamente, como si ese mismo gruñido de frustración fuera exactamente lo que había estado esperando.

—Ya está pasando.

Y lo peor de todo era que, por primera vez, Red Robin no estaba tan seguro de si quería detenerlo.

Red Robin apretó su mirada sobre la de Nemo, deslizó su pulgar sobre el labio del hombre, apretando allí ligeramente mientras sus otros dedos seguían clavados en su rostro. Su rostro permaneció impasible, pero su cuerpo estaba tenso, como una cuerda tirante a punto de romperse. No dijo nada, solo lo observó con esa fría intensidad que a veces lo caracterizaba, conteniéndose, intentando no ceder.

Nemo entreabrió los labios, no por incomodidad, sino por la intensidad del toque. Su mirada fija en los ojos de Red Robin, desafiante, sin apartarse ni retroceder.

Y luego, lentamente, calculado, sacó apenas la lengua, rozando con descaro el pulgar de Red Robin.

No fue un gesto accidental. Fue intencional. Un desafío silencioso. Una provocación cargada de algo más profundo que una simple burla.

Red Robin sintió un escalofrío recorrerle la espalda, pero no retiró la mano. No aún. Su agarre se tensó un poco más, su respiración más pesada y su cuerpo inquieto, como si quisiera tomar el control de algo que se le escapaba.

Nemo sonrió contra su piel, con una satisfacción oscura, disfrutando de la reacción contenida que sentía vibrando en el cuerpo del héroe.

—Vamos, Red… —murmuró, su voz ronca, como un veneno suave que se filtraba en su mente—. Suelta el control.

La tensión entre ellos alcanzó un punto insoportable. Como una cuerda al borde de romperse. Como fuego que amenaza con consumirlo todo.

Red Robin suavizó la mirada, pero no apartó la vista de Nemo. A pesar de la frialdad en sus ojos, su respiración seguía agitada, descontrolada, como si no pudiera controlar la intensidad de lo que sentía. Intentó mantener la calma, pero había algo en el roce de Nemo, algo en su mirada, que le hacía cuestionarse si realmente quería poner fin a todo eso.

Nemo dejó escapar un suspiro entrecortado, sus labios entreabriéndose más alrededor del pulgar de Red Robin. Su lengua rozó la tela del guante con lentitud, como si saboreara el momento. Como si disfrutara de la reacción contenida que podía sentir vibrando en el cuerpo de Red Robin.

Su mirada no se apartó de la de Red Robin. Había algo oscuro y retorcidamente satisfecho en esos ojos, algo que no tenía nada que ver con el juego habitual. Esta vez, no era solo para fastidiarlo. No era solo para empujarlo.

Era porque quería verlo romperse.

Red Robin apretó la mandíbula. Sabía que debería apartarse, soltarlo, cortar aquello antes de que cruzara un umbral que no podría desandar. Pero su mano no se movió. Su respiración seguía agitada, sus ojos fijos en los de Nemo con una intensidad que no tenía nada que ver con la furia.

Era algo más.

Nemo sonrió alrededor de su pulgar, su lengua deslizándose sobre él con un toque lento, casi sensual, antes de liberarlo con un leve pop.

—Vaya, Red… —susurró, su voz rasposa y cargada de veneno—. Creo que casi te atrapé.

Pero Red Robin no se movió. No esta vez.

Con una determinación implacable, deslizó su mano desde el rostro de Nemo hacia su cuello, apretándolo con firmeza, sin violencia, pero con una posesión que era todo peligro.

—¿Crees que esto es un juego? —murmuró, su voz ronca, bajo y peligrosa.

Nemo soltó una risa, aunque esta sonó algo errática, más real de lo que pretendía.

—Tú dime, Red… —se inclinó un poco más, el desafío en sus ojos incendiando el aire—. ¿Quién de los dos está jugando ahora?

Red Robin apretó más su agarre en el cuello de Nemo, sabiendo exactamente dónde ejercer la presión. No le quitaba el aire, solo robaba algo mucho más crucial: el control.

La espalda de Nemo se arqueó bajo el peso de Red Robin, pero no hubo resistencia. Solo una risa entrecortada cuando los dedos del héroe volvieron a posar sobre sus labios, esta vez con más intención, con más fuerza, como si quisiera silenciarlo para siempre.

Nemo no dudó en capturar los dedos de Red Robin con su lengua, su gesto caliente y húmedo, una provocación descarada, casi burlona. Sus ojos no se apartaron de los de Red Robin, intensos, oscuros, como si desafiara cada movimiento y, al mismo tiempo, disfrutara de la sumisión que provocaba sin mover un dedo.

Red Robin sintió un estremecimiento recorrer su cuerpo, pero no apartó la mano. No esta vez. Mantuvo su mirada fija, la respiración agitada, y apretó aún más su agarre sobre la mandíbula de Nemo, sintiendo la calidez de su boca alrededor de sus dedos, mientras la lengua del villano lo envolvía con una naturalidad peligrosa.

Nemo dejó escapar un sonido bajo, entre un suspiro y una risa, como si la situación estuviera fuera de su control, pero a la vez completamente bajo su voluntad.

¿Quién está jugando ahora?

La pregunta flotaba entre ellos, ardiendo con fuerza, pero Red Robin no tenía intención de responder. Solo apretó más, sumergiéndose en el juego, mostrándole a Nemo que, si esto iba a ser un desafío, él también jugaría bajo sus propias reglas.

La calidez de la saliva de Nemo sobre sus dedos lo envolvía, era un toque tentador, un roce que le hacía perder parte de su cordura. Cada fibra de su ser le ordenaba retroceder, tomar control de la situación, pero su cuerpo reaccionaba a algo más que la lógica.

La atmósfera entre ellos se volvía cada vez más densa, cargada de una tensión palpable, como si el espacio alrededor de ellos se estuviera comprimiendo, presionando hacia un punto de no retorno. Red Robin sentía cómo su control comenzaba a desmoronarse, cómo su firmeza se desvanecía con cada mirada provocadora de Nemo, con cada caricia desafiante que él hacía en respuesta.

Nemo sabía exactamente cómo empujaba a Red Robin al límite, cómo lo desestabilizaba con cada gesto, cada mirada.

—Vamos, Red… —susurró, con su voz rasposa, como una invitación, como una provocación—. No te contengas tanto. ¿Qué es lo peor que puede pasar?

Red Robin no respondió, pero su respiración se volvió aún más pesada, un esfuerzo consciente para mantenerse en control, aunque lo que realmente deseaba era alejarse de esa línea tan fina entre el control y el caos. Pero no podía. Algo dentro de él lo mantenía allí, atrapado en este juego del que no podía escapar.

Su pulgar se movió con lentitud sobre la lengua de Nemo, un gesto sutil pero que hacía que todo se volviera aún más peligroso. Cada parte de su ser le gritaba que se apartara, que no siguiera, pero en su interior, había algo que lo retenía, algo que lo mantenía firmemente en ese momento, sin poder dar un paso atrás.

La tensión alcanzó un punto tan extremo que cualquier movimiento, cualquier respiración, parecía tener el poder de hacer que todo se viniera abajo.

Red Robin atrapó la lengua de Nemo, apretando sus dedos con más fuerza, y el sonido que salió de la garganta de Nemo desestabilizó aún más a Robin de lo que ya estaba. Acercó su rostro al suyo, y, con un gesto desafiante, sacó la lengua de Nemo de su boca, lamiéndola de forma posesiva mientras volvía a apretar su cuello, dejándole claro quién estaba a cargo en ese momento.

El suspiro ahogado de Nemo resonó en el aire, un sonido que parecía cortar la tensión entre ellos, pero a la vez la intensificaba de una manera peligrosa. Red Robin sintió un escalofrío recorrerle la espalda . El roce de sus lenguas fue un acto oscuro y retorcido, un gesto cargado de electricidad y desafío, tanto verbal como físico. La presión en el cuello de Nemo no era por el deseo de someterlo, sino por algo más primitivo, visceral, que Red Robin no quería reconocer.

Nemo no se apartó. No retrocedió. Al contrario, soltó una risa baja, casi burlona, a pesar del dolor que sentía tanto en su lengua como en su cuello.

Red Robin no podía apartarse. La intensidad del momento lo mantenía allí, sintiendo cómo la lucha de poder que compartían se tejía en un silencio tenso, lleno de algo mucho más oscuro que lo que estaba dispuesto a enfrentar.

Pero no podía soltarlo.

La parte racional de él luchaba contra la parte visceral, esa que lo empujaba más allá de sus propios límites, desafiándolo a ir más lejos.

—Cállate, o me aseguraré de que no salgas de aquí de una pieza.— Su voz estaba rasposa, cargada de rabia, como si el cruce de esa línea fuera algo que había estado tratando de evitar durante demasiado tiempo.

Con el cuello de Nemo aún entre sus dedos, Robin se inclinó de nuevo hacia él, sus dientes chocaron con furia mientras devoraba su boca con desesperación, frustrado pero también necesitado de ese contacto primal.

El aire entre ellos se volvió espeso, casi irrespirable. La rabia de Red Robin era como un torrente desbordado, y Nemo lo sabía. Podía sentir la tensión en cada músculo de su oponente, la ira contenida que ahora se desbordaba, la amenaza real en sus palabras. Pero eso no lo detuvo.

Cuando Red Robin se acercó, la furia y el deseo se fusionaron de tal manera que ninguno de los dos pudo detenerlo. Los dientes chocaron de nuevo, y luego, la brutalidad de sus bocas se unió en un beso salvaje, como una tormenta que no dejaba nada intacto. Nemo respondió al instante, con la misma energía, dejándose arrastrar por la furia del momento, sin freno, sin reservas.

El roce de sus cuerpos, el ardor de sus respiraciones, era lo único que quedaba entre ellos. Los dedos de Red Robin apretaban con fuerza el cuello de Nemo, mientras su otra mano lo aferraba desesperadamente, como si al tocarlo pudiera liberarse de la frustración acumulada durante años.

Nemo, por su parte, no parecía estar luchando por detenerlo. Al contrario, sus manos se levantaron, y junto a sus esposas se deslizaban por la el pecho de Red Robin, empujando su cuerpo más cerca, como si disfrutara de esa sensación, de esa línea cada vez más difusa entre la violencia y algo más.

—Esto es lo que quieres, ¿verdad? —murmuró Nemo entre los besos, su voz baja y desafiante—. ¿Lo que tanto has evitado?

Red Robin no respondió. Su mente estaba nublada, sus pensamientos disueltos entre la rabia, el deseo y la confusión. Cada caricia, cada roce, lo empujaba más allá de lo que pensaba que podía controlar. Pero ya no había marcha atrás.

Nemo sonrió, aún atrapado en el beso, como si el caos estuviera por completo de su lado.

Cuando Robin volvió a llevar su dedo a la boca de Nemo, buscando ese contacto una vez más, su mente estaba al borde, desmoronándose entre lo que deseaba y lo que sabía que no debía. Pero Nemo, como siempre, lo arrastró más allá de lo razonable. Con la misma provocación, con la misma descarada aceptación, lo recibió, como si hubiera estado esperando esa respuesta.

La mano de Robin se deslizó por su cabello, sujetándolo con fuerza, pero con una suavidad inquietante, como si disfrutara de ver a Nemo en ese estado.

La voz de Red Robin salió ronca, impregnada de todo lo que estaba ocurriendo.

—No, Nemo… —musitó, su respiración agitada, sus palabras llenas de frustración, rabia y deseo—. Esto es lo que tú querías.

Nemo sonrió contra la tela de su guante, sus ojos brillando con una satisfacción peligrosa, como si todo fuera parte de un plan solo comprendido por él. Su lengua se deslizaba por allí con una tranquilidad destructora.

El ambiente, cargado de electricidad peligrosa, parecía a punto de estallar en cualquier momento. Ambos estaban atrapados en algo que ya no podían controlar, que ya no podían definir.

Con la voz casi ahogada y la frustración entre sus dientes, Robin habló:

—¿Lo harías?

Nemo levantó la mirada hacia él, desconcertado. Robin sacó el dedo de su boca rozando su labio inferior y frotando ambos cuerpos, buscando sentir esa fricción. Su cuerpo sintiendo esa tensión cada vez más apretada en su cuerpo, a punto de rendirse ante lo que estaba sucediendo.Con la voz entrecortada volvió a preguntar.

— ¿Usarías tu boca?

La atmósfera se volvía aún más densa, cargada de un deseo que no podía ser deshecho, de una tensión que apretaba el aire en torno a ellos. Las palabras de Red Robin flotaron en el espacio entre ellos, casi como una invitación al caos. La pregunta estaba cargada, un desafío directo a todo lo que ambos se habían prometido evitar.

Nemo, con su mirada fiera y una sonrisa de satisfacción torcida, observó a Red Robin en silencio, como si evaluara no solo sus palabras, sino cada movimiento, cada gesto en su cuerpo. Su expresión se mantuvo serena, pero sus ojos brillaban con la misma chispa de siempre, como si hubiera estado esperando ese momento, esa rendición, aunque fuera momentánea.

—Eso depende… —murmuró con voz baja, casi como un susurro, saboreando el poder de cada palabra, de cada reacción que conseguía de Robin. La pregunta no solo lo había sorprendido, sino que también lo había hecho avanzar más en el juego, más allá de cualquier límite que ambos se habían planteado.

Robin podía sentir cómo la fricción entre sus cuerpos aumentaba, lo que debía ser un simple contacto se convertía en algo más profundo, algo que lo quemaba por dentro. La impotencia de no poder tomar control completo de la situación le revolvía el estómago, pero lo mantenía allí, atrapado. Su cuerpo seguía respondiendo, su mente desbordada por cada pensamiento que no quería dejar crecer.

Nemo, en un movimiento inesperado, deslizó una mano por el torso de Robin, acariciando con deliberación, como si estuviera dibujando una línea que no debía ser cruzada, pero que aún así, lo invitaba a seguir.

—Si lo hiciera… ¿qué harías tú, Robin? —preguntó, casi con un tono inocente, pero sus ojos reflejaban algo más oscuro, algo que no requería respuesta para comprender.

La risa pesada de Robin se mezcló con la respiración entrecortada de ambos, con el calor insoportable de ese pequeño espacio donde ya no había vuelta atrás. Su agarre en el cabello de Nemo se intensificó, su voz ronca y cargada de algo que ni él mismo podía definir por completo.

—¿Qué haría…?— Robin podía sentir esa mano atrevida deslizándose por su espalda, arrinconándolo más a su cuerpo.

— Mantener tu boca ocupada.— Robin tiró ligeramente del cabello de Nemo, mostrándole un poco de esa intención que tendría con él.

Nemo dejó que Robin lo dominara en ese momento, su cabeza inclinada hacia atrás por la fuerza de su mano, su cuello expuesto, vulnerable y a la vez desafiante. Sus ojos oscuros lo observaban con una chispa de satisfacción peligrosa, como si estuviera disfrutando de haber empujado a Red Robin a ese punto sin retorno.

—Oh, Red… —murmuró con voz entrecortada, una sonrisa torcida curvando sus labios—. Si crees que puedes enseñarme una lección, entonces te deseo suerte.

El movimiento de sus cuerpos era mínimo, pero la fricción lo decía todo. Robin podía sentir la presión en cada parte de él, la forma en que el cuerpo de Nemo se amoldaba al suyo, como si se burlara de su necesidad de control.

—Y si me vas a dar trabajo… —continuó Nemo, su voz baja, casi un susurro contra su oído—. Más te vale estar seguro de que puedes manejar lo que estás pidiendo.

Robin apretó más su agarre en el cabello de Nemo, acercándose tanto que apenas quedaba aire entre ellos. Su mirada era afilada, cargada de furia y algo más oscuro, algo que no podía nombrar.

—Siempre puedo manejarlo, Nemo… —susurró con fiereza—. La pregunta es si tú puedes.

Robin deslizó su rostro por el cuello de Nemo, respirando pesadamente contra su piel, elambiente era insoportablemente espeso, cada roce, cada movimiento, hundía más a ambos en algo que ni siquiera podían nombrar. Robin respiraba contra la piel de Nemo, impregnándose de su esencia, dejando que el deseo, la rabia y la necesidad se mezclaran en su mente hasta no saber cuál dominaba más. No pensó en otra cosa más que en morderlo, dejar la marca de que él había pasado por allí. Seguía sujetando su cabello con fuerza dejando que su cuello quedase descubierto para él. Red hizo un movimiento de cadera más firme, para dejar claro quién estaba tomando el control de la situación. —Nemo…— Susurró su nombre con una voz cargada, contra su cuello, casi desesperado por hincar el diente allí. —¿Vas a ser un chico bueno por esta vez?

Cuando mordió su cuello, lo hizo con la intención de dejar marca, de asegurarse de que Nemo sintiera aquello incluso después de que salieran de ahí. El tirón en su cabello solo intensificó la sensación, exponiéndolo aún más a su dominio.

El movimiento firme de sus caderas contra las de Nemo hizo que un suspiro escapara de los labios de este último, pero su actitud no cambió. A pesar de estar bajo el control de Robin en ese momento, aún mantenía ese aire desafiante, esa forma de mirarlo que decía que estaba disfrutando de aquello más de lo que debería.

Cuando Robin susurró su nombre contra su cuello, la tensión alcanzó su punto máximo. La pregunta flotó en el aire entre ellos, cargada de expectativa.

Nemo sonrió, esa maldita sonrisa suya que nunca desaparecía del todo, incluso en momentos como ese.

—¿Un chico bueno? —repitió con una voz baja, arrastrada, dejando que el calor de su aliento chocara contra la piel de Robin—. ¿Para ti?

Robin sintió cómo Nemo se movía ligeramente bajo él, no para resistirse, sino para desafiarlo aún más. Su cuerpo se arqueó apenas un poco, presionándose más contra él, como si quisiera medir hasta dónde podía empujarlo.

—No lo sé, Red… —continuó Nemo con su tono de burla—. Depende de cómo me convenzas.

Era un reto. Una provocación más. Como siempre.

Pero esta vez, Robin ya no estaba en condiciones de ignorarlo.

Red Robin soltó su cabello y metió una de sus manos bajo la americana del hombre, comenzando a desabrochar su camisa, algo dificultoso en ese momento en el que uno no tenía paciencia para ir de botón en botón, por lo que pegó un tirón rompiendo varios de sus botones para después meter la mano allí y comenzar a palpar su piel. Lo que comenzó como un juego, una provocación más en su interminable tira y afloja, había dejado de serlo hace rato. Robin sentía cómo sus propias barreras se desmoronaban con cada roce, con cada jadeo contenido que se escapaba de su garganta sin permiso. Nemo siempre había sabido cómo empujarlo al límite, pero esta vez no se trataba solo de palabras afiladas o desafíos encubiertos en sonrisas. Esta vez era real.

El sonido de los botones reventando bajo la fuerza de su mano resonó en el reducido espacio, seguido por la calidez de su palma explorando la piel desnuda de Nemo, sintiendo el temblor de su respiración, el leve estremecimiento que recorrió su cuerpo cuando sus dedos se deslizaron sobre él. Era cálido. Tentador.

Los labios de Robin encontraron la piel expuesta de su cuello, devorando, mordiendo, lamiendo, succionando, dejando marcas que sabía que no desaparecerían fácilmente. Era una prueba silenciosa de que él había estado ahí, de que, por una vez, Nemo no tenía el control absoluto. Su boca viajó hasta su oreja, su aliento caliente chocando contra ella mientras contenía el torrente de sensaciones que lo invadían.

Pero Nemo, incluso en esa situación, no se rendía tan fácil. Su respiración era irregular, sí, pero su sonrisa ladina aún persistía, apenas perceptible en la penumbra.

—Vaya, Red… —su voz sonó ronca, entrecortada, pero aún teñida de ese tono burlón que lo volvía loco—. Si querías desnudarme, solo tenías que pedirlo.

Robin apretó la mandíbula, su mano deslizándose con más fuerza sobre su piel, sus dedos clavándose con firmeza como advertencia.

—Cállate.

Y esta vez, no era una amenaza vacía.

Su brazo rodeando su encorvada espalda, sosteniendo a Nemo cerca de él, su otra mano sobre su muslo, deslizándose peligrosamente haciendo que Nemo temblase y se contuviese menos.

Lo que comenzó como un forcejeo se había convertido en algo más oscuro, más profundo, más inevitable. Robin ya no pensaba en las consecuencias, ni en lo que aquello significaba fuera de ese reducido espacio. Solo sentía. Y esa sensación le quemaba, le hacía perderse más en cada movimiento, en cada jadeo ahogado que arrancaba de los labios de Nemo.

Su lengua recorrió la piel cálida y expuesta de su pecho, dejando un rastro húmedo antes de cerrar los dientes sobre el punto más sensible, arrancándole un estremecimiento involuntario. Robin lo sintió en su espalda arqueada, en la forma en que su cuerpo reaccionaba a cada toque suyo. Su agarre se intensificó, su brazo aferrándolo con más fuerza, como si quisiera asegurarse de que Nemo no escaparía de esto… de que ninguno de los dos lo haría.

Su otra mano se deslizó con una lentitud calculada, descendiendo sobre su muslo, con la intención de provocar, de arrancarle el control que tanto le gustaba fingir que tenía. Y cuando sus dedos apretaron allí, firmes, Nemo se tensó bajo él, su cuerpo traicionándolo con una reacción que decía más que cualquier palabra.


Por primera vez, la burla en sus labios pareció tambalearse, su respiración era irregular y su mirada, antes desafiante, se oscureció con algo más. Algo que Robin reconocía porque también lo consumía a él.


La tensión entre ambos había dejado de ser solo un juego de provocaciones y desafíos. Ahora era algo más crudo, más visceral. Robin podía sentir cómo el cuerpo de Nemo respondía a cada roce, a cada caricia que él subía con una lentitud tortuosa. Ya no quedaban palabras entre ellos, solo el sonido de sus respiraciones irregulares, de sus cuerpos chocando en ese espacio reducido, del control desmoronándose poco a poco.


Cada pequeño ruido que escapaba de la boca de Nemo avivaba más la necesidad de Robin, ese fuego que había tratado de contener minutos antes y que ahora lo consumía por completo. Sus dedos se deslizaron más arriba, sintiendo cómo el cuerpo de Nemo temblaba bajo él, cómo sus uñas se aferraban a su espalda, marcándolo sin miedo.


Robin lo miró, sus ojos oscurecidos, su pecho subiendo y bajando con fuerza. No era solo deseo, era frustración, era una obsesión compartida que había tardado demasiado en explotar.


Y esta vez, ninguno de los dos tenía la intención de detenerse.


Ambos perdieron el control, cruzaron esa línea que, sabían, con el tiempo se arrepentirían de ello. El hombre desabrochó el cinturón de Nemo con una rapidez heladora, con una mirada desafiante y una risa nasal al ver a Nemo de aquella manera. Lo agarró de las esposas, tiró de él y lo puso boca abajo en ese espacio tan reducido. Robin sujetó el cuello del hombre alzando ligeramente su rostro mientras este intentaba alzar sus caderas para ayudarlo a bajar sus pantalones con la misma energía y desesperación por calmar ese calor que desbordaba por todas las partes de ambos cuerpos. Con los dientes Robin se deshizo de su guante, deslizó la mano lentamente sobre su ropa interior,palpando cada pliegue, cada palpitación en la zona. Se atrevió a susurrar cerca de su oído.


— Nemo… Ahora sí que nadie va a venir a salvarte.


Nemo sintió un escalofrío recorrer su espalda, aún así como respuesta soltó una risa débil por el agarre de su cuello, pronto todo su cuerpo tembló, impidiéndole seguir con aquel tono desafiante. Robin estaba metiendo una mano bajo la tela, poco a poco.


Nemo quería girarse, necesitaba verlo, pero tan pronto como Red se dio cuenta de su intención, presionó su cuello de nuevo y se posó sobre su cuerpo para evitar que lo hiciese.


—Si vamos a hacer esto, será bajo mis condiciones Nemo… no quiero oírte, no quiero verte, no quiero ni si quiera sentir tu respiración. — respondió el hombre ante sus intentos. Robin, entre sus dedos, agarró la tela de Nemo y tiró hacia abajo, dejando al exterior su piel. Tras ejercer una última presión sobre el cuello como advertencia, Robin se apresuró a posicionarse sobre él, bloqueándolo con el peso de sus piernas. Con una paciencia casi demoledora, Red se desabrochaba el cinturón de herramientas observando la escena de Nemo bajo él, con las manos esposadas y la respiración ligeramente agitada. Nemo a pesar de la situación sólo guardó silencio, algo bastante raro en el hombre, dejando que su contrario controlase la situación.


Nemo apoyado en sus antebrazos hundió la cabeza hacia abajo, dejando que el cabello cayese sobre su rostro, disfrutando de la presencia de Robin sobre él, deleitándose con el sonido del cinturón abriéndose y dejándolo a un lado, lejos de la escena. El hombre esbozó una última sonrisa hasta que sintió como Robin dejaba caer un hilo cálido de saliva sobre una zona sensible. Nemo se tensó un poco, expectante de su siguiente movimiento. Los dedos de Robin se desplazaron por aquella zona, dejando que la saliva tomase protagonismo, rodeó con un brazo su torso y se pegó a su espalda. Robin masajeaba allí con una clara intención, hasta que sintió que una zona no era tan habitual como debería ser. Una sonrisa socarrona se esbozó en el rostro del hombre, inclinándose ligeramente hacia su oreja.


—Vaya… esto sí que es una sorpresa…


Nemo soltó un suspiro ahogado, mientras sonreía entrecortadamente por la sensación de los dedos en aquella zona.


—Si… puedes elegir… ¿no es maravilloso?— dijo con un deje de sarcasmo y diversión.


Robin entrecerró sus ojos, observando la desafiante actitud de Nemo, la cual parecía no ceder nunca ni si quiera en esa situación. Robin con su robusta mano agarró la cabeza de Nemo e hizo fuerza hacia abajo, dejando su rostro por el suelo, con la mejilla rozando intensamente allí. Sus dos dedos se introdujeron en su entrada principal, sin darle tregua a reaccionar a nada, y mientras hacía aquello, la yema de sus dedos buscaban aquella parte rugosa del interior, una ligeramente más hinchada, una que sabía que si encontraba no le iba a dar tregua ni un segundo más. Robin masajeaba allí con la fuerza suficiente y la tranquilidad de estar realizando un trabajo que parecía conocer perfectamente, la yema de sus dedos hacia abajo mientras sentía como las piernas de Nemo se tensaban y temblaban ligeramente por cada contacto que ejercía en la zona.


Sabía que estaba rozando la zona correcta, porque Nemo no respondía, sólo respiraba pesadamente mientras sus manos se aferraban al suelo alzando ligeramente sus caderas, buscando más de ese contacto. Red soltó su cabeza, divertido, esta vez su mano se posó sobre el lumbar de Nemo y empujó hacia abajo, provocando que la zona se apretase más, aún con los dedos dentro. Eso sólo provocó que el hombre soltase un gemido al sentir la intensidad con la que se oprimían su interior. Red un suspiro pesado tras aquello, uno que dejaba ver lo desesperado que se sentía por usar esa zona. Sacó los dedos de allí, impregnando con la esencia residual su entrada.


Nemo respiraba agitado, queriendo más de ese contacto y de sus toques. Robin se encargó de hacerle saber que ese momento no iba a tardar mucho más, con firmeza algo que no eran sus dedos se acercó, deslizándose por la zona casi como un reflejo corporal. Instantáneamente, como si Robin ya conociese el cuerpo de Nemo, encontró una forma de abrirse paso, entrando con una embestida repentina. El cuerpo de Nemo brincó, sobresaltado por la sensación y su fuerza. Robin sobre el cuerpo de Nemo, con sus manos sujetando la cintura para que no escapase de él, no decidió moverse aún, quería sentir cómo este lo envolvía, cómo se apretaba ante su contacto y qué tan cálido se encontraba allí dentro. Robin suspiraba de placer, mientras intentaba meterse más, sentir como podía envolverlo hasta el final. Nemo temblaba mientras sus caderas se echaban hacia delante por la inercia, pero Robin no lo dejaba escapar, su cuerpo lo seguía y lo aferraba a él apretando su cintura y tirando de este.


—¿A dónde vas…?— Dijo Robin con una voz cargada y casi ronca por el placer. —Acabamos de empezar…— Tras aquello empezó a moverse lentamente dejando que cada pliegue friccionasen contra él. Nemo ahogaba sus gemidos mientras sus antebrazos se aferraban al suelo.


Robin pronto alzó las caderas de Nemo, se posicionó en una situación más fácil para subir el ritmo y siguió arremetiendo contra su cuerpo mientras jadeaba sobre la espalda ligeramente inclinada hacia él. El contacto de ambas pieles se sentía como un fuego ardiendo que no cesaba, sólo se avivaba más y más. Robin necesitaba mucho mas que eso, sentía su como cuerpo tensaba con cada embestida, como Nemo se estremecía con cada movimiento y se encogía bajo él.


—Muy bien… muy bien…— decía Red sin ningún tipo de control sobre lo que salía de su boca, moviéndolo con más inercia, subiendo la intensidad de sus respiraciones.


Nemo soltó un quejido, uno entrecortado, como si se estuviese conteniendo de no alzar demasiado la voz, o quizás de no demostrar lo mucho que estaba disfrutando con la situación. Robin alzó la vista débilmente, consumido por el placer de cada movimiento, observando a Nemo escondido entre sus brazos, entre gemidos ahogados y temblores. La espalda del chico se tensaba delante suya y sus caderas se alzaban con cada contacto intenso.


Red disfrutaba de aquella vista, pero no era suficiente, quería ver a Nemo devastado, destruido.


—Vamos Nemo… puedes hacerlo mejor.— Dijo con un tono burlón, agarrándolo de un brazo para reincorporar ligeramente su espalda. Nemo soltó un jadeo ante el contacto, se dejó hacer con la cabeza pesada, sentía que no podía pensar con claridad en ese momento.


Robin esbozó una sonrisa un tanto maliciosa al verlo así, decidió girarlo, ponerlo boca arriba y terminar con lo que había empezado. Con un poco de dificultad, por el espacio reducido, consiguió girarlo con violencia, volvió a posicionarse sobre él y pronto se sumergió de nuevo en su interior, siguiendo con la misma intensidad de antes. Nemo sólo abrió más sus piernas para él, provocando que Robin levantase sus caderas con ambas manos sobre aquella zona.


Este se agarraba el cabello como un acto reflejo por el placer, sus piernas abiertas para Robin mientras sobre Nemo se movía con avidez e impaciencia. Robin no tenía ningún reparo con observar la escena, mientras que Nemo esquivaba sus miradas, algo que enervaba a su contrario. Pronto agarró su rostro con firmeza para exponerlo hacia sus ojos.


—¿Qué pasa? ¿Ahora te da vergüenza?


Robin no soltó su rostro, si no que ejerció más presión allí, dejando que los ojos tensos de Nemo le mantuviesen la mirada . Pronto esos ojos se relajaron, se entrecerraban por el placer mientras su boca se abría un poco para soltar ruidos.


—R- Robin…— Una voz entrecortada salió de sus húmedos labios, una chispa que avivó la sensación del hombre contra su cuerpo. Este abrió sus ojos un poco más, como si no se quisiera perder nada de eso, expectante. Nemo se tensó mucho más, más calambres por su cuerpo. Fue entonces cuando una de las manos de Nemo se posó sobre el antebrazo de Red, clavando en la piel sus dedos. Nemo brincaba con cada embestida, como si su cuerpo quisiera escapar de ese inevitable final. Mientras sus ojos se perdían en la nada, por un segundo dejó de soltar ruidos por la boca. Robin no se detuvo, lo embistió con la urgencia de alcanzarlo, de hacerlo al mismo tiempo que él, sabía que Nemo se estaba derritiendo entre sus manos y no podía quedarse atrás, no quería.


— ¿Te vas a correr? ¿Te vas a correr sólo porque te estoy haciendo esto?— Decía Robin con un deje de desafío y provocación, incluso a pesar de él estar a punto de conseguirlo también. — Afh… Nemo… ¿dónde quieres que lo haga…? — Nemo no podía responder, su boca se abrió más mientras su columna se arqueaba volviendo de nuevo a soltar gemidos, pero esta vez más altos, más entrecortados. —Nemo… Nemo…— Decía Robin con una voz más gruesa, más tensa. — Voy a hacerlo dentro… voy a… — Los ojos de Nemo se abrieron de par en par, su cuerpo se arqueó instintivamente, sacudido por una oleada de éxtasis que recorrió su piel como un relámpago. Un estremecimiento placentero se apoderó de su cadera, ascendiendo en espirales electrizantes por su columna vertebral, dejándolo sin aliento. Robin al ver aquello soltó un quejido de placer, casi frustrado, exasperado y vulnerable, no aguantó más que aquello, Red lo siguió dando una última sacudida a su cuerpo, sintiendo cómo su cuerpo reaccionaba instintivamente al placer, tambaleándose peligrosamente al borde de ese precipicio, donde el deseo y la rendición se entrelazaban en un solo latido desenfrenado.


Red Robin se desplomó sobre Nemo, su cuerpo aún estremecido por la intensidad de aquella explosión de sensaciones. El aire era espeso, cargado de todo lo que acababa de suceder entre ellos. Robin aún sentía los espasmos residuales recorriendo su cuerpo, su pecho subiendo y bajando con dificultad mientras trataba de recuperar el aliento. Su frente descansaba contra el hombro de Nemo, sintiendo el latido acelerado bajo él, ese pulso que reflejaba exactamente cómo se sentía él mismo.


Por un momento, solo hubo silencio. Ninguno de los dos se movió. Ninguno de los dos habló. Como si decir algo rompiera el frágil equilibrio en el que se encontraban ahora. Como si admitir lo que acababan de hacer lo convirtiera en algo real, irreversible.


Robin cerró los ojos por un instante, su mente aturdida por la oleada de sensaciones y pensamientos que se acumulaban en su cabeza. No podía permitirse pensar demasiado en ello. No ahora.


Finalmente, con un suspiro pesado, apoyó una de sus manos en el suelo para incorporarse ligeramente, pero sin separarse del todo. Sus ojos se encontraron con los de Nemo, quien lo miraba con esa misma mezcla de agotamiento, satisfacción y algo más… algo que Robin no estaba seguro de querer descifrar en ese momento.


No dijo nada. No había nada que decir.


Solo le quedó una certeza, profunda y peligrosa: lo que había pasado entre ellos no se quedaría enterrado entre esos escombros.


Robin tragó saliva al ver a Nemo, al observar aquella mirada sobre sí mismo . Suspiró y apartó la vista levemente mientras subía una mano hacia su cabeza , y acariciaba allí, casi como premiándolo por portarse… ¿bien?


Robin tragó saliva al ver a Nemo, atrapado en la intensidad de aquella mirada fija sobre él. Un suspiro escapó de sus labios mientras apartaba la vista apenas, como si necesitara un respiro de todo lo que ese momento implicaba. Sin pensarlo demasiado, llevó una mano a su cabeza, acariciándola con una suavidad inesperada, casi como si lo estuviera premiando por haberse… ¿portado bien?


—Nada mal, Nemo… Ahora quédate así, tranquilo y… callado. —La voz de Robin sonó áspera, acompañada de un carraspeo incómodo, como si no supiera bien cómo manejar lo que acababa de ocurrir.

Nemo arqueó una ceja, aún recuperándose, su cuerpo vibrando levemente con los ecos del placer. Apoyó los brazos en el suelo y se inclinó hacia él, dejando escapar una risa baja y entrecortada. Su sonrisa, ladeada y provocativa como siempre, ocultaba algo más en su mirada… algo más suave. ¿Cansancio? ¿Satisfacción? Quizá ambas cosas. Pero ahí estaba de nuevo, el mismo Nemo de siempre, burlón, desafiante, como si nada pudiera realmente doblegarlo.

—Vaya, Red… Si hubiera sabido que así recompensabas el buen comportamiento, tal vez me habría portado bien desde antes.

Robin apretó la mandíbula, su mirada esquivando a Nemo, pero sus manos aún permanecía sobre Nemo, aunque ahora sin ejercer presión. Su piel ardía bajo su tacto, como si la sola cercanía fuera un recordatorio constante de lo que acababan de hacer. No sabía qué responder, no sabía siquiera cómo procesarlo. Su mente era un caos absoluto, un torbellino de impulsos contradictorios. Su cuerpo entero le gritaba que esto había sido un error, un fallo imperdonable. Pero sus dedos, incapaces de apartarse, contaban otra historia.

El silencio se extendió entre ambos, pesado y denso, hasta que Robin, con el rostro aún encendido, reunió la suficiente fuerza de voluntad para recuperar algo de control.

—No te confundas, Nemo. Esto no cambia nada.

Las palabras eran firmes, pronunciadas con la dureza de quien se aferra a una certeza que quizás ni siquiera existe. Pero su voz… su voz traicionó algo más profundo, algo que ni él mismo quería reconocer. Nemo suavizó esa sonrisa burlona.

Tras unos segundos de silencio donde Nemo simplemente no añadió nada más,Robin entrecerró los ojos y, sin apartarse demasiado, se inclinó sobre él, quedando a escasos centímetros de su rostro. Su respiración seguía agitada, pero su tono era más bajo cuando preguntó:

—¿Estás bien?

Era una pregunta sencilla, casi mundana, pero en ese momento pesaba más de lo que Robin quisiera admitir.

Nemo permaneció quieto, como si la pregunta lo hubiera tomado por sorpresa. Su respiración aún era irregular, su mirada chocó con la de Robin, y en ella había esa chispa desafiante de siempre, pero también algo más… algo que Robin no lograba descifrar.

—Nunca pensé que dirías algo así… —murmuró, su sonrisa ladeada apenas visible, como si la ironía y el cansancio se mezclaran en su tono—. Pero… sí, supongo que estoy bien.— a pesar de todo lo que acababan de hacer, su expresión era tranquila, como si en ese instante encontrara una especie de paz extraña, un equilibrio dentro del desastre.

—¿Y tú? —preguntó, su tono apenas un murmullo—. Sigues haciendo lo que siempre haces… jugando al héroe, pero con algo más, ¿no?

La sonrisa en sus labios era sutil, pero sus palabras dejaban entrever que algo había cambiado. Aunque ninguno de los dos lo quisiera admitir.

Robin sostuvo su mirada con más fuerza, su cuerpo aún tenso. Sabía lo que Nemo intentaba hacer. Sabía que cada palabra podía ser un anzuelo, una trampa tejida con su juego habitual. Y aunque habían cruzado una línea que nunca debieron cruzar, él no podía permitirse caer más.

—No estoy jugando, Nemo —sentenció, su voz ronca pero decidida.

Finalmente, Robin suspiró, tratando de imponerse a sus propios pensamientos. Se inclinó hacia abajo y comenzó a subirle los pantalones, sus movimientos torpes pero firmes.

—Vamos… nadie puede vernos así. Te ayudaré.

Su tono sonaba más como una orden que como un ofrecimiento, pero no podía evitarlo. Nemo seguía esposado, aún bajo él, y la imagen que proyectaban no era algo que Robin pudiera procesar por mucho más tiempo sin perder lo poco que le quedaba de autocontrol.

Nemo lo observó en silencio, su expresión difícil de leer. No hubo burla, ni provocaciones inmediatas, solo una quietud inusual. Se quedó inmóvil mientras Robin subía su ropa, y aunque su naturaleza nunca había sido la de quedarse callado, en ese instante parecía no tener la necesidad de hablar.

Pero cuando Robin terminó, cuando sus manos aún descansaban sobre él, Nemo dejó escapar algo inesperado.

—Gracias… por ayudarme.

No fue una broma. No fue un juego. No hubo dobles intenciones en su voz. Solo honestidad. Cruda, directa, sin adornos.

Robin alzó la vista, sorprendido por el tono genuino en las palabras de Nemo. Era la primera vez que escuchaba un “gracias” de su boca sin sarcasmo. Y aunque su rostro permaneció serio, algo en su mirada vaciló.

Sin saber por qué, sin pensarlo demasiado, su mano se deslizó hasta el cabello de Nemo, apartándolo suavemente de su rostro. Fue un gesto breve, casi insignificante, pero lo suficiente para inclinarse apenas sobre él y rozar la comisura de sus labios con un beso.

No hubo urgencia ni desesperación en ese contacto. Fue apenas un roce, un gesto demasiado suave para lo que normalmente eran. Pero su simpleza lo volvió más peligroso que cualquier otra cosa.

Nemo se quedó inmóvil. Su mirada, clavada en Robin, reflejaba una sorpresa genuina. No respondió de inmediato. Solo lo observó, sin saber cómo reaccionar ante algo que no encajaba con la dinámica que siempre habían compartido.

Ese beso no era un desafío. No era un error de juicio impulsado por el calor del momento. Era algo más. Y eso lo descolocó por completo.

Su respiración se volvió más lenta, su cuerpo, por primera vez en mucho tiempo, no reaccionó con la intención de retomar el control de la situación.

—¿Qué estás haciendo, Robin? —preguntó, su voz más baja de lo normal. No había juegos. Solo una pregunta real, sin adornos, sin pretensiones.

Robin pareció volver en sí de golpe. Se alejó apenas unos centímetros, rompiendo el contacto, su expresión endureciéndose de nuevo.

—No… pensé que… —murmuró, apartándose lo poco que pudo de Nemo y desviando la mirada. Su propia respiración era errática mientras se apresuraba a abrocharse el uniforme, tratando de recuperar la compostura.

Nemo lo observó en silencio, su mirada oscurecida por algo que Robin no podía identificar. Pero en lugar de aprovecharse del momento, en lugar de empujar más allá de lo que ya habían hecho, simplemente lo dejó ir.

Se quedó quieto, permitiendo que Robin se alejara, aunque dentro de él, algo se retorcía con incomodidad.

—Pensaste que… —repitió sus palabras con una sonrisa casi amarga, su mirada siguiéndolo con intensidad. No añadió nada más. No preguntó, no presionó. Pero la duda estaba ahí, flotando entre ambos como un fantasma imposible de ignorar.

El silencio volvió a instalarse, más pesado que antes. Robin se llevó una mano a la cabeza, su expresión cargada de conflicto.

Todo esto había sido su culpa. Había cruzado la línea. Había cedido.

—Todo esto ha sido un error… —murmuró con dureza—. Nada de lo que ha pasado… no puede salir de aquí, ¿entendido?

Nemo lo miró sin inmutarse. Sus ojos ya no tenían el brillo desafiante de antes, pero tampoco mostraban sumisión. Solo lo estudiaban, como si tratara de descifrar algo que ni Robin mismo entendía.

—Lo que haya pasado, ha pasado —dijo finalmente, su tono más tranquilo de lo esperado—. No necesito que me digas lo que puedo o no puedo hacer, Robin. Ya sabes que no soy alguien que se deje amedrentar por amenazas vacías.

Su voz no sonó desafiante, sino simplemente segura.

Y en ese momento, Robin entendió que, aunque él intentara borrar lo sucedido, aunque tratara de convencer a ambos de que esto había sido un error, nada de lo que hiciera podría cambiar el hecho de que algo había cambiado entre ellos. Algo que no se podía deshacer.

Nemo se movió apenas, con una lentitud calculada, como si cada movimiento pudiera hacer que algo dentro de él se rompiera. Su respiración era profunda, medida, pero en su mirada había un destello de algo más, algo que intentaba ocultar tras su aparente calma.

—Pero… no te preocupes. No soy de los que sueltan secretos. Si tú decides olvidar esto, también lo haré. Al final, es solo otra cosa más entre nosotros.

Su voz sonó distinta esta vez, desprovista de su habitual tono de burla o provocación. No era un reto, ni una despedida vacía, sino una resignación que se filtraba entre las grietas de su máscara. Sin embargo, Robin sintió cómo esas palabras se clavaban en él, más de lo que hubiera querido admitir.

—¿Otra cosa más entre nosotros…? —repitió en un susurro, frunciendo el ceño con una mezcla de incredulidad y algo más profundo, algo que dolía más de lo que debería.

Su mandíbula se tensó, su pecho se llenó de un peso difícil de ignorar.

—¿Y qué se supone que tengo que hacer con eso? —Su voz tembló levemente, apenas perceptible, pero lo suficiente como para delatar su conflicto interno. Sus ojos ardían con una emoción contenida mientras miraba a Nemo. —¿Crees que hay algo más que solo poder y control entre nosotros? Nemo… mírate, esto no es algo que tenga que ver con los dos. Esto es cosa tuya.

El veneno en sus palabras no pasó desapercibido, pero Robin no estaba seguro de si quería lastimarlo o si estaba intentando convencerse a sí mismo de que tenía razón.

Nemo alzó la mirada lentamente, fijándola en Robin con una intensidad que lo dejó sin aire. Su expresión era serena, pero en sus ojos había algo feroz, algo que quemaba.

—¿Es eso lo que piensas? —su voz fue apenas un murmullo, pero cada palabra llevaba el peso de algo más grande. Un desafío, sí, pero también una verdad que Robin no quería mirar de frente.

Se inclinó un poco hacia él, sin agresividad, solo con esa presencia que siempre parecía envolverlo como una tormenta.

—Si eso es lo que quieres creer, está bien. Pero no me hagas cargar con algo que no soy el único que arrastró hasta aquí.

Robin sintió que su pecho se comprimía. Sus puños se cerraron con fuerza a sus costados.

—Tú no eres tan inocente en esto, y lo sabes —continuó Nemo, su voz cada vez más baja, más íntima—. No todo es poder y control, Robin. Hay más capas, más motivos. Pero si quieres seguir jugando a culparme por todo lo que sucede, adelante. Yo… ya estoy acostumbrado.

La confesión quedó suspendida en el aire, golpeando con fuerza en algún rincón de Robin que él mismo intentaba ignorar. Sus labios se separaron, pero ninguna palabra salió.

Por fin, tras un silencio que se sintió eterno, cerró los ojos con fuerza, como si necesitara contener el torbellino dentro de él.

—Tienes razón… Perdona, yo no… —Suspiró, su voz apenas un hilo, llena de algo que ni siquiera él entendía del todo. Aún mantenía la distancia, aunque cada célula de su cuerpo pedía lo contrario.

Nemo lo miró fijamente, como si analizara cada milímetro de su expresión. Algo en sus facciones cambió sutilmente, como si no esperara esa rendición por parte de Robin.

—No pasa nada —murmuró con una tranquilidad inusual en él—. No somos santos, Robin. Tú y yo… siempre hemos sido un desastre esperando a ocurrir.

Sus palabras se sintieron como un golpe, pero no había ira en ellas. Solo la verdad cruda y desnuda de lo que eran.

El silencio que siguió no fue incómodo, pero sí denso, cargado de significados que ninguno se atrevía a poner en palabras. Nemo pasó la lengua por su labio inferior, pensativo, antes de soltar la última estocada.

—Si tanto lo quieres olvidar… entonces hazlo.

No hubo desafío en su voz, ni rencor. Solo aceptación.

—Pero no finjas que nunca pasó.

Robin tragó con dificultad. Algo se rompió en su interior, pero no estaba seguro de qué.

—No, no es eso, Nemo… es solo que… es complicado…

Sin darse cuenta, se acercó un poco, su mano encontrando el hombro de Nemo en un gesto instintivo.

—Está bien, dejémoslo así. No le demos más vueltas. Eso solo nos va a confundir más.

Nemo soltó una risa suave, sin burla, pero con un matiz de resignación.

—¿Nos va a confundir más? —repitió, degustando las palabras con una expresión de ligera ironía.

Se inclinó un poco hacia Robin, con la sombra de una sonrisa en sus labios, pero sus ojos hablaban de algo más profundo.

—Robin… llevamos años jugando un juego que ninguno de los dos entiende del todo. La confusión ya venía de antes.

Dejó que la frase se asentara en el aire, dándole a Robin el tiempo suficiente para procesarla.

Después de unos segundos, suspiró y desvió la mirada, dándole el espacio que parecía necesitar.

—Pero está bien —dijo con una calma inquietante—. Si quieres dejarlo así, lo dejamos así.

Hizo una pausa, su voz bajando aún más, volviéndose apenas un susurro.

—Solo espero que estés listo para lo que venga después.

Porque, lo supieran o no, aquello no terminaba ahí. Nunca lo hacía.

—¿Lo que viene después? ¿De qué hablas?— La voz de Robin era un hilo de incertidumbre, pero su mano permanecía firme sobre su hombro. No quería apartarla. No podía. Como si ese contacto fuera un ancla, un último intento de retener algo que inevitablemente se le escapaba.

Nemo esbozó una sonrisa ladeada, tenue, como si supiera un secreto que Robin aún no había descubierto. No se movió, permitiendo que la mano del otro siguiera allí, que la calidez traspasara su piel..

—Lo que viene después…— susurró, y su voz sonó como una advertencia, como un eco de algo que ya había sucedido demasiadas veces. Giró el rostro apenas, lo suficiente para que sus ojos se clavaran en los de Robin, para que la tensión entre ellos se volviera insoportable. —Ese momento en el que te convences de que esto no significó nada. Que fue solo un error. Y luego, cuando me veas otra vez, cuando estemos en lados opuestos de la ciudad y vuelvas a atraparme…—

Se inclinó. Solo un poco. Lo justo para que la distancia entre ellos se redujera a un suspiro, a una decisión que ninguno de los dos terminaba de tomar.

—Vas a recordar lo que pasó aquí.— Su voz descendió hasta convertirse en un murmullo cargado de veneno y certeza. —Y vas a odiarte por ello.—

Nemo ladeó la cabeza, disfrutando del peso de sus propias palabras, del impacto que tenían en Robin.

—Y yo estaré ahí para recordártelo.—

Porque ese era el verdadero juego entre ellos, ¿no? No importaba cuántas veces intentaran cerrar puertas, fingir que nunca habían cruzado líneas. Siempre volvían al mismo punto. Siempre se encontraban enredados en una maraña de promesas rotas y miradas que decían más de lo que deberían.

Robin apretó su hombro, sus dedos hundiéndose con más fuerza en su piel, como si quisiera anclarlo a la realidad, como si pudiera evitar que se deslizara entre sus manos. Su mirada, intensa bajo la máscara, ardía con algo que ni él mismo sabía cómo nombrar.

Dolía. Porque Nemo tenía razón. Porque aquello nunca acabaría. Porque cada vez sería peor. Porque esa carga pesaría más que cualquier otra.

—Eso no pasará.— Su voz salió áspera, quebrada por la emoción contenida. —Te meteré a Arkham. Cumplirás tus condenas… y te rehabilitarás. Y cuando todo eso pase… yo habré estado allí. Y lo seguiré estando.—

Nemo soltó una risa suave, pero no burlona. Era un sonido amargo, desgastado. Como si ya hubiera escuchado esas palabras antes. Como si las promesas de Red Robin fueran tan predecibles como la gravedad.

—¿Rehabilitarme?— Repitió con incredulidad, sin la usual mofa, sin su típico desafío. Sus ojos se estrecharon, observándolo, analizándolo con una intensidad casi dolorosa. —¿Y si no quiero ser salvado, Red?—

Se inclinó un poco más, su aliento rozando la máscara de Robin.

—¿Y si prefiero que sigas atrapándome, una y otra vez?—

Su voz se volvió un susurro íntimo, un hilo de electricidad entre ellos, algo que solo Robin podía escuchar. Algo que hacía que el mundo entero desapareciera.

—Porque si me quitas esto… si me quitas tu presencia … ¿qué me queda?—

No había arrogancia en su mirada. No había burla. Solo algo crudo y descarnado. Algo que, si Robin se atrevía a ver, lo cambiaría todo.

Robin se quedó en silencio… sorprendido, sí, pero más que nada roto.

—Nemo…— Tragó con dificultad, sintiendo cómo su propia voz temblaba. —No puedo jugar a este juego toda mi vida… no así.—

Y entonces lo hizo. Lo abrazó.

Fue instintivo, desesperado, algo que su cuerpo hizo antes de que su mente pudiera analizarlo. Lo rodeó con sus brazos, con todo su calor, con todo lo que era.

—No quiero que sigas escapando.— Susurró contra su cabello, apretándolo contra su pecho, envolviéndolo en algo que Nemo no recordaba haber sentido nunca. —Y no voy a irme de tu lado. No te miento cuando digo que voy a estar aquí.—

Nemo quedó rígido, su cuerpo negándose a aceptar lo que estaba pasando. Porque esto no era parte del juego. Esto era algo real. Algo peligroso.

Su respiración se volvió errática, y por primera vez en mucho tiempo, no tuvo una respuesta rápida, una burla lista, una salida fácil.

Robin hablaba en serio.

Cerró los ojos y apoyó la frente contra su cuello, sintiendo la vibración de su respiración, el latido acelerado bajo su piel. No intentó apartarse. No intentó escapar.

—…No juegues con esto, Robin.— su voz un murmullo ahogado. —Si me das algo real… no voy a poder soltarlo.—

Porque Nemo podía huir de todo. De Arkham, de la policía, de sus propios aliados si era necesario. Pero si Robin le daba una razón para quedarse…Tal vez, solo tal vez, esta vez no escaparía.

Robin hundió el rostro en su cabello, memorizando su olor, sintiendo la suavidad de sus mechones entre sus dedos. Lo sostuvo con más fuerza, como si temiera que desapareciera en el aire.

—Por favor… no lo sueltes. Quédate. No huyas más. Ni de mí, ni de ti mismo.—

Su pulgar rozó su mejilla con una ternura imposible de ignorar.

Nemo se quedó en silencio, atrapado en ese momento, en esas palabras que lo encadenaban de una forma que ningún grillete había logrado antes.

No era el agarre de Robin lo que lo retenía. No eran las esposas, ni los escombros.

Era la forma en que le hablaba.

Era la forma en que lo tocaba.

Era la forma en que lo miraba, como si aún hubiera algo en él que valiera la pena salvar.

—…No sé cómo hacer eso.— Su confesión fue apenas un susurro. No era una excusa. No era manipulación.

Era la verdad más pura que tenía para darle.

Robin se separó solo un poco, lo justo para mirarlo de cerca.

—No tienes que hacerlo solo.— Sus palabras eran una promesa, una que llevaba demasiado tiempo intentando cumplir. —Lo haremos juntos.—

Nemo lo miró, su expresión era una tormenta de emociones.

Siempre había sabido que Robin era terco. Pero nunca pensó que llegaría tan lejos. Nunca pensó que alguien como él haría una promesa así.

—Eres un idiota.— Susurró. No había burla en su voz, solo agotamiento. Y una pequeña, diminuta parte de él que quería creer.

Robin sonrió suavemente. —Por favor… ríndete.— Su voz era baja, casi una súplica. —Déjame ayudarte.—

Nemo cerró los ojos, su frente aún apoyada contra la de Robin. Sintió su calidez, su latido firme, su convicción inquebrantable.

Apretó su agarre, aferrándose al uniforme del otro hombre como si fuera lo único que lo mantenía en pie.

Respiró hondo.

Y finalmente, se rindió

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ZiraBee

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