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Hoy es el día en el que mi padre viene a cumplir con sus deberes matrimoniales con mi madre, y por lo tanto hoy es también el día en el que va a tener conmigo la charla sobre mi futuro, esa charla que lleva un mes colgando sobre mi cabeza como la proverbial espada de Damocles.

Lo que no sé, y es el detalle concreto en el que llevo atascada desde el desayuno, es si esa charla va a ser antes o después de estar con mi madre.

Y no es una duda ociosa, porque las otras veces que mi padre ha venido a ver a mi madre y ha decidido dedicarme unos minutos para preguntarme por mis estudios o por mi estado de salud, siempre ha sido antes. Entraba, se quedaba de pie el tiempo justo, soltaba las dos o tres preguntas de rigor con alguien de su séquito plantado un paso por detrás mientras escuchaba las respuestas, asentía y se marchaba hacia los aposentos de mi madre.

El problema es que aquellas visitas duraban lo que dura servir un té, y está claro que esta va a durar lo suyo, porque el futuro de una hija no se despacha en dos frases y, además, tiene que ser razonablemente confidencial, lo cual descarta de entrada a un cortesano acompañándolo como en todas las ocasiones anteriores.

Así que el precedente no me sirve, y sin precedente lo único que me queda es esperar.

Estoy exactamente en ese punto del razonamiento, que es también el punto en el que llevo dando vueltas toda la mañana como un hámster en su rueda, cuando el patio del Pabellón se llena de ruido.

Levanto la cabeza del informe que estoy leyendo al escuchar el ruido y no necesito esforzarme lo más mínimo para saber lo que está pasando ahí fuera, porque desde que abrí la Puerta Yin averiguar lo que ocurre al otro lado de una pared ha dejado de ser un ejercicio de deducción para convertirse en un ejercicio de contención.

Hay pasos, muchos, y no son los pasos desordenados de las doncellas cruzando el patio mientras realizan sus tareas, sino pasos que se detienen todos a la vez. Hay voces bajas dando órdenes cortas junto con ese ruido inconfundible de las armaduras moviéndose en grupo. Y, por encima de todo lo demás, hay ese silencio raro y repentino que se instala en un sitio cuando la gente que trabaja en él deja de hablar de golpe porque acaba de entrar alguien delante de quien no se habla.

Es el séquito de mi padre.

Podría escuchar más. Podría, si me concentrara un poco, enterarme perfectamente de lo que se están diciendo ahí fuera, y durante un segundo me lo planteo con toda la seriedad del mundo.

Pero no lo hago, porque una de las pocas cosas buenas que me ha dejado el medio mes infernal que pasé aprendiendo a convivir con mis propios sentidos es la costumbre de preguntarme antes si de verdad quiero oír algo. Y en este caso la respuesta es que no, ya que lo que sucede en el patio realmente no me interesa, y que ponerme a espiar a la servidumbre de mi propio padre por pura impaciencia sería, además de indigno, completamente inútil.

Así que cierro el informe, lo aparto a un lado y no tengo que esperar mucho hasta que la puerta se abre, Lianhua entra y la cierra a su espalda antes de decirme su informe.

"Zhāohuán Wen", me dice colocándose a un lado de la mesa. "El Emperador ha entrado en el Pabellón y se ha dirigido directamente a los aposentos de Guifei Xiang."

Directamente, sin detenerse en el patio, sin preguntar por mí y sin hacer la visita protocolaria de rigor.

Suelto el aire despacio y me dejo caer contra el respaldo.

"Entonces no habrá charla hasta la noche, ya que si hubiera querido despachar el asunto lo primero habría venido aquí al entrar, como todas las veces anteriores", le digo. "Lo que significa que va a venir cuando pueda hacerlo sin que medio Pabellón se dedique a indagar cuánto tiempo está en mi despacho."

Y una vez me doy cuenta de eso, lo único que me queda por hacer es prepararme.

"Lianhua", le digo enderezándome en la silla. "Tráeme una tetera y unos refrigerios. Fríos, para que no importe la hora a la que mi padre se presente."

Lianhua se inclina.

"Como desee, Zhāohuán Wen", me contesta.

Y sale de la habitación sin añadir más palabras y cerrando la puerta tras ella con suavidad.

En cuanto se ha ido, abro el cajón de la mesa donde guardo los talismanes ya terminados y rebusco hasta encontrar los dos que quiero.

El primero es un Talismán de Calentamiento, y el segundo es un Talismán de Privacidad, los coloco a un lado de la mesa, alineados, y con eso doy por terminados los preparativos.

Y como todavía me queda por delante un tiempo indeterminado de espera, hago lo único razonable que se puede hacer con ese tiempo, que es dedicarlo a algo útil.

Así que cojo uno de los libros sobre encantamientos que tengo encima de la mesa y me pongo a leer, porque los de formaciones ya los he terminado, y aunque me han costado bastante más de lo que esperaba, la sensación al cerrar el último fue lo bastante satisfactoria como para pasar directamente los siguientes sin darme ni un día de descanso.

Y no hace falta ser especialmente perspicaz para darse cuenta de por qué los encantamientos me pueden resultar fascinantes o útiles, ya que poder crear una silla que se mueva sola, o mejor aún, que flote, es un buen objetivo a largo plazo.

Aunque, por tentadora que resulte la idea, si algún día fabrico una silla flotante será mejor que no la pinte de amarillo. Ahora que sé que el destino existe, eso podría hacer que terminara calva, y ese es un destino que realmente es mejor evitar.

Así que leo despacio, sin prisa, y así se me va la tarde, con la única interrupción de Lianhua, que vuelve al cabo de un rato con una bandeja en la que hay una tetera, un juego de tazas y un plato de refrigerios fríos que deja en un lugar de la mesa donde no estorba.

El sol acaba bajando, las sombras del patio se alargan, alguien enciende los faroles del patio y yo sigo leyendo a la luz de la lámpara sin ninguna intención de parar, porque a estas alturas el capítulo está bastante más interesante que mi propia impaciencia.

Y entonces llaman a la puerta, la hoja se abre y entra Lianhua, que se acerca a la mesa y espera a que cierre el libro antes de hablar.

"Lingxi ha mandado aviso", me dice. "El Emperador acudirá en breve."

Hace una pausa mínima antes de continuar.

"Ha insistido en que se lo comunicara y que la despertara si se hubiera quedado dormida", añade.

Y ahí no puedo evitar arquear una ceja, porque el detalle es de una consideración tan meticulosa que resulta ligeramente ofensiva, ya que da por hecho que podría haberme quedado dormida esperando a que mi padre encontrara un hueco para venir a verme.

Aparto el libro cerrado y miro la tetera.

"Entonces será mejor ir preparando el té", le digo.

Alargo la mano hacia el Talismán de Calentamiento, lo activo y lo pego contra un lateral de la tetera, donde el papel se queda adherido un instante antes de que la porcelana aumente su temperatura desde el punto donde está pegado y, al cabo de un momento, empiece a subir un hilo fino de vapor por el pitorro.

Lianhua lo observa un momento, asiente y se dirige hacia la puerta.

"Estaré fuera", me dice, tras lo cual sale, cierra la puerta a su espalda y parece quedarse de guardia en el corredor.

Y yo me quedo sola, con el vapor subiendo de la tetera y empezando a alisar los pliegues de la ropa por tercera vez en un minuto.

Al cabo de un rato oigo pasos en el corredor seguidos de dos golpes en la puerta, tras lo cual la hoja se abre y mi padre entra en el despacho.

Lo primero que me llama la atención no es su rostro, sino su atuendo. En lugar de los ropajes imperiales, lleva una larga bata de seda oscura, tan lujosa como discreta y un bordado sobrio que cuesta mucho más que cualquier adorno ostentoso.

Es la ropa de un hombre que ha salido de la habitación de su esposa y ha recorrido un corredor interior sin ninguna intención de cruzarse con nadie.

Lianhua cierra la puerta detrás de él y se queda fuera.

"Buenas noches, padre", le digo inclinando la cabeza todo lo que me permite estar sentada, y señalo con la mano la silla que he hecho colocar a un lado de la mesa. "Siéntate, por favor."

"Buenas noches, Wen", me contesta.

Y en esas tres palabras obtengo la primera información útil de la noche, porque no ha dicho nos alegramos de verte, ni hemos venido, ni ninguna de las fórmulas en plural que utiliza el Hijo del Cielo cuando habla. Ha dicho buenas noches en primera persona del singular, igual que cualquier padre que entra en la habitación de cualquier hija en cualquier casa del Imperio.

Y eso, viniendo de él, es prácticamente una declaración de intenciones.

Mi padre cruza la habitación sin más ceremonias y se dirige hacia la silla que le he indicado, y mientras se acomoda en ella yo levanto dos dedos apenas un par de centímetros por encima de la mesa y hago que el cerrojo de la puerta se deslice y encaje en su sitio con un chasquido seco.

Después cojo el segundo talismán, lo activo y noto como todos los ruidos pequeños que llegaban del exterior, los grillos del patio, un postigo mal encajado en algún sitio y los pasos de alguien dos corredores más allá desaparecen de golpe y dejan la habitación sumergida en ese silencio espeso que solo se consigue de esta manera.

"Así podremos hablar con más tranquilidad", le digo.

Mi padre observa mis dos actos sin decir nada, primero el cerrojo y después el talismán, y noto en su cara cara una expresión que interpreto sin dificultad como satisfacción.

Pero no he terminado, porque a continuación despliego la Miríada de Manos y con ella traigo las dos tazas desde el otro extremo de la mesa, levanto la tetera, sirvo el té, acerco el plato de refrigerios y coloco cada cosa en su sitio, todo a la vez y sin tocar absolutamente nada con las manos mientras las dejo reposar en mi regazo.

Mi padre sigue el movimiento de los objetos con los ojos, uno detrás de otro, y habla mientras lo hace.

"¿Es esa la técnica que te regaló la Maestra Mu?", me pregunta.

"Lo es", le contesto sin dejar de servir. "Y es una lástima que todavía no pueda usarla delante de nadie."

Coloco la última taza y suelto la técnica.

"Todavía faltan años para que los pendientes simulen que tengo una Puerta abierta", continúo. "Y quitármelos ahora sería contraproducente, porque me temo que explicar cómo he abierto dos Puertas a los trece años sería bastante más complicado que seguir esperando."

Mi padre no contesta enseguida, lo que hace es coger su taza, y yo cojo la mía en el mismo momento, de manera que los dos bebemos a la vez, cada uno mirando al otro por encima del borde de su propia taza en una simetría que a mí me resulta bastante más cómoda de lo que esperaba.

"Llamaría mucho la atención, sí", me dice cuando la baja. "Aunque, dependiendo de lo que decidas hacer con tu vida, llamar la atención puede ser exactamente lo que te convenga."

Y ahí está, por lo que suelto el aire por la nariz y dejo la taza sobre la mesa.

"Ya que has venido precisamente a hablar de eso, propongo que nos quitemos primero lo más engorroso de encima", le digo. "Y si sobra tiempo, ya hablemos después de cosas más agradables."

Mi padre sonríe mientras alarga la mano hacia el plato, coge uno de los refrigerios, se lo come sin ninguna prisa y solo entonces contesta.

"Si es lo que prefieres, empezaremos por lo peor", me dice, y con esas palabras se le va la sonrisa de la cara.

"Tu madre y yo hemos repasado todas las opciones que existen para ti", empieza. "Una por una, y algunas más de una vez. Y de todas ellas, solo cuatro nos parecieron realistas."

Y yo, que llevo medio año pensando en dos, tengo que hacer un esfuerzo consciente para que no se me mueva ni un músculo de la cara.

"Aunque de esas cuatro hay dos que estoy razonablemente seguro de que no van a interesarte", continúa. "Así que, en la práctica, son dos."

Ahí está, dos opciones, una elección y un pájaro mitológico diciéndome que muy pronto iba a verme obligada a escoger entre ellas.

Suspiro y me apoyo en el respaldo.

"Entonces empieza por las que crees que voy a descartar", le digo. "Así podré concentrarme en las otras dos con la cabeza despejada."

Mi padre bebe un poco de té.

"La primera es la evidente", me dice. "Revelar tu nivel de cultivo real e ingresar en la Secta."

Asiento despacio porque esa me lo esperaba, y porque además tengo la respuesta preparada desde el momento exacto que crucé la puerta principal de aquel sitio.

"Me lo imaginaba", le digo. "Y hasta hace unos meses probablemente no habría sabido qué contestarte. Pero he estado allí, y después de haber estado allí no creo que sea buena idea."

Cojo mi taza otra vez, más por tener algo entre las manos que por sed.

"Y no lo digo por la Secta en sí", continúo. "La Secta, como sitio, es fascinante. El problema es cómo está construida, porque todo lo que conecta unas terrazas con otras son escaleras. Miles de escalones que no se acaban nunca y por los que yo, personalmente, no puedo subir."

Dejo que la frase se asiente antes de rematarla.

"Lo cual me deja exactamente dos vías posibles", le digo. "Una consiste en depender todos los días, para todo, de que haya alguien dispuesto a subirme y bajarme por esas escaleras. Y la otra consiste en quedarme encerrada permanentemente en el domicilio que me asignen y no volver a salir de él. Y de las dos, sinceramente, no sabría decirte cuál me parece más deprimente."

Mi padre asiente mientras me escucha, sin interrumpirme ni una sola vez, y cuando termino tarda un momento en contestar.

"Eso mismo pensé yo", me dice. "Y por eso la puse entre las que no eran realistas."

Deja la taza en la mesa antes de continuar.

"La segunda es casarte fuera de la familia imperial", continúa.

Y aquí empieza a explicarme las razones, porque sabe perfectamente que la primera reacción de cualquiera ante esa frase es preguntarse qué tiene eso de solución.

"Al casarte pasarías a formar parte de otra familia y dejarías de estar ligada a la Imperial", me dice. "Y eso significa que el próximo Emperador, sea cual sea de tus hermanos el que acabe sentándose en el trono, ya no tendría ninguna potestad sobre ti. Y significa también que a la Secta le resultaría bastante más incómodo insistir en llamarte, porque a una mujer casada no se la llama sola y habría que invitar también a su marido junto a los posibles hijos, y esa clase de complicaciones tienden a hacer que el interés se enfríe muy rápido."

Y no espero ni a que termine la última palabra, por lo que cruzo los brazos delante del pecho formando una equis tan grande y clara que no hace falta traducirla en ningún idioma de ninguno de los dos mundos que conozco.

"No", le digo con firmeza, y mi padre parpadea al verme tan decidida.

"Antes que eso me voy a la Secta", continúo bajando los brazos. "Lo digo completamente en serio. Prefiero pasarme el resto de mi vida subiendo escaleras en brazos de un desconocido distinto cada semana que casarme con alguien que casi con toda seguridad me querría por una sola cosa, que es el acceso al dinero que producen mis inventos."

Y ahí me paro un segundo, porque hay una parte que quiero decir bien.

"Y no es solo por mí", le digo. "Es que en el momento en que eso pasara todo lo que se me ocurriera a partir de entonces dejaría de ser mío, y eso no pienso consentirlo."

Mi padre me sostiene la mirada un momento y después asiente.

"También lo suponía", me dice. "Pero, igual que con la Secta, tenía que decírtela. Porque es una opción que existe de verdad y porque es la única que te aleja al mismo tiempo de la Secta y de la familia imperial. Y si algún día llegas a un punto en el que eso sea exactamente lo que necesitas, quiero que sepas que la tienes."

Suspiro, porque tiene razón y porque odio que la tenga.

"Lo sé", le digo. "Pero de las dos, esa es la que menos me gusta."

Cojo un refrigerio, me lo como y me limpio los dedos con un paño.

"Bien", digo. "Ya nos hemos quitado las malas de en medio. ¿Cuáles son las buenas?"

Mi padre bebe otro sorbo de té antes de contestar, y esta vez tarda un poco más de la cuenta en dejar la taza.

"La primera de las dos que quedan me imagino que ya te la has figurado", me dice. "Presentarte como candidata al trono."

Y yo suspiro por enésima vez en lo que va de noche.

"Sí", le contesto. "Me temía bastante que una de las dos iba a ser esa."

Mi padre asiente al escuchar mis palabras.

"Si te presentas oficialmente, la Secta ya no te llamaría", continúa. "O como mínimo esperaría a que terminen las pruebas de la elección. Y si pierdes, y sigues viva, entonces tal vez vuelvan a planteárselo."

Y sigues viva.

Lo ha dicho sin ningún énfasis, en el mismo tono con el que ha dicho todo lo demás, colocándolo en mitad de la frase como se coloca un dato que todo el mundo conoce y que no hace falta subrayar.

Y es cierto que lo conozco. Llevo años sabiendo cómo funciona la elección, y no hace falta que nadie me explique que, en las pruebas al trono, no todo el mundo sale con vida.

Pero una cosa es saberlo y otra bastante distinta es oírselo decir a tu propio padre refiriéndose a ti, por lo que trago saliva y hago la única pregunta que se puede hacer a partir de ahí.

"¿Y qué posibilidades crees que tendría de ganar?", le pregunto.

Mi padre me mira.

"Bastantes", me contesta. "Sobre todo si en ese momento dejas de esconderte, que es lo primero que tendrías que hacer. Porque de aquí a las pruebas queda el tiempo que queda, y al ritmo al que avanzas, para entonces solo unos pocos de tus hermanos estarán por encima de ti. Y aun así seguirías teniendo una ventaja que ninguno de ellos tiene."

Hace una pausa.

"Porque fuiste alumna de la Maestra Mu", dice. "Y estoy razonablemente seguro de que eso significa que puedes crear talismanes que nadie más en el Imperio sabe crear."

Y yo sonrío al escuchar sus palabras, pero solo eso, sonrío y dejo que la sonrisa dure lo justo sin contestar, que es lo más parecido a una respuesta diplomática que tengo en el repertorio.

Mi padre lo acepta sin insistir y sigue adelante.

"Al final todo dependerá de qué pruebas decida imponer la Secta, que es algo que no sabe nadie hasta que las anuncian", continúa. "Pero sean cuales sean, no tengo ninguna duda de que puedes salir bien parada."

Y entonces cambia el tono.

"Y tampoco tengo ninguna duda de que serías una gran Emperatriz", me dice. "Porque solo con ver las cosas que has inventado hasta ahora, y solo con imaginarme lo que harías si nadie te pusiera trabas, me da la impresión de que el Imperio viviría un auge como no ha vivido en siglos. Tanto que puede que hasta los Ancianos de la Secta acabaran temiendo el día en que abdicaras y te convirtieras en una Anciana como ellos."

Y lo dice sonriendo, con una sonrisa pequeña que le afloja la cara, y el ambiente se aligera lo suficiente como para que yo me permita contestarle en el mismo tono.

"Es una idea interesante", le digo devolviéndole la sonrisa. "Porque siendo Anciana lo primero que haría sería intentar que sustituyeran todas las escaleras de la Secta por rampas por las que se pueda subir con la silla. Y eso sí que sería un cambio histórico."

Mi padre se ríe con una risa breve, poco más que una sacudida de hombros y un sonido corto, pero es una risa de verdad y me da la impresión de que no se le escapan muchas.

"Sería un cambio histórico, sí", me concede, y después la sonrisa se apaga.

"Que llegaras al trono sería lo mejor que podría pasarle al Imperio", me dice, y ya no queda nada de ligereza en su voz. "Y puede que incluso a la Secta. Pero a ti, personalmente, puede que no sea lo mejor."

Se endereza en la silla.

"Y eso me lleva a la cuarta opción", continúa.

Entonces me sostiene la mirada con tal firmeza que no puedo tomar lo que viene por una simple sugerencia, está convencido de que es lo mejor para mí.

"Tu mejor opción es marcharte del Imperio", me dice.

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