Capitulo 167 (Patreon)
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Asiento despacio ante las palabras de mi padre, porque la opción de irme del imperio tampoco es que sea una gran sorpresa.
"También me imaginaba esa", le contesto. "Lo que no me imaginaba es que la pusieras entre las dos sugerencias principales, porque supongo que no hace falta que te recuerde que viajar, en mi caso, es bastante más complicado que en el de cualquier otra persona."
"No hace falta que me lo recuerdes, no", me dice. "Pero sigue siendo tu mejor opción, y lo es por una razón muy concreta, que es lo absurdo que resulta tu talento."
Aquí hace una pausa.
"Y para que entiendas hasta qué punto lo es, tengo que explicarte un par de cosas sobre el cultivo que solo se enseñan dentro de la Secta", continúa. "No porque sean secretas, sino porque son demasiado técnicas para que le interesen a nadie de fuera, así que fuera de allí casi nadie las conoce y, las personas que las conocen, les da lo mismo."
Y ahí me olvido de los refrigerios, del té y de todo lo demás.
"¿A qué te refieres?", le pregunto.
"A que el talento para el cultivo no es una sola faceta", me dice. "Son dos que se pueden medir por separado."
Se acomoda un poco en la silla.
"La primera es el tiempo de absorción", empieza. "Cuando un cultivador atrae el Qi, ese Qi no entra en su cuerpo en el instante en que lo alcanza. Tarda unos pocos latidos, y ese número de latidos es distinto en cada persona, por lo que cuanto más talento se tiene, menos se tarda en absorberlo."
Levanta una mano antes de que yo diga nada para detener la avalancha de preguntas que quiero hacerle.
"Y ya sé que parece una diferencia ridícula, sin ninguna importancia", continúa. "Pero suma esos latidos a lo largo de una sesión, y después a lo largo de un mes, y después a lo largo de veinte años. Al final, entre dos personas que cultiven exactamente las mismas horas, esa diferencia puede ser de años enteros de cultivo."
Y ahí se calla y me deja pensar, cosa que le agradezco, porque tengo bastante que pensar.
Porque mi primera reacción, y la reconozco perfectamente, es esa mezcla concreta de vergüenza y de fastidio que sentía en mi otra vida cuando alguien me señalaba en un yacimiento algo que llevaba tres semanas delante de mis narices. ¿Cómo no me he dado cuenta de algo tan obvio? ¿Cómo he podido pasarme años cultivando sin preguntarme ni una sola vez si todo el mundo absorbe el Qi a la misma velocidad?
Y las respuestas llegan enseguida, y son de una simplicidad humillante. La primera es que yo absorbo el Qi instantáneamente, por lo que nunca he llegado a pensar que podría ser diferente para otras personas.
Y esa es también parte de la segunda razón, porque para darte cuenta de eso tienes que ver cultivar a otra persona, y yo nunca he visto cultivar a nadie.
La única vez que he estado en la misma sala que alguien que cultivaba fue cuando llevé a Xia a la formación de mi padre para el experimento, y aquel día, tras ver que había empezado sin problemas, me puse a leer un libro en vez de prestar atención.
Suelto el aire por la nariz y miro a mi padre, que está esperando a que levante la vista para continuar.
"La segunda faceta es el aprovechamiento", me dice. "Cuando absorbes Qi, no todo lo que absorbes se aprovecha, y parte se pierde sencillamente porque el cuerpo del cultivador no llega a asimilarlo. Y esa proporción también cambia de una persona a otra."
Y a estas alturas ya veo perfectamente hacia dónde va todo esto, así que hago la pregunta que toca, aunque me sale con bastante menos aplomo del que pretendía.
"¿Y yo?", le pregunto. "En esas dos facetas, ¿cómo estoy?"
Mi padre me mira y suspira.
"En la primera eres la persona con más talento que he conocido en mi vida", me dice. "Y no lo digo como un padre, lo digo como alguien que lleva décadas viendo cultivar a mucha gente. En la segunda es más difícil de medir sin métodos que aquí no tenemos, pero a la velocidad a la que has avanzado tampoco puede ser baja."
Deja que sus palabras se asienten y va al grano.
"Y a lo que quiero llegar con todo esto es a que tu talento no es bueno, ni notable, ni excepcional", continúa. "Es absurdo. Y si en vez de haber nacido aquí, en el borde del mundo, hubieras nacido en el continente central, estoy convencido de que a estas alturas ya habrías abierto las siete Puertas y estarías en la Condensación de los Núcleos Elementales."
Y eso me hace levantar las cejas.
"¿No estarás exagerando?", le pregunto.
"No", me contesta sin dudarlo ni medio segundo. "Y ahora que has estado en la Secta y sabes de primera mano qué densidad de Qi hay allí dentro, puedo explicártelo de una manera que entiendas. En el continente central, en las zonas donde menos Qi hay, la densidad es como mínimo cinco veces la de la Secta."
Me quedo callada tras sus palabras porque empiezo a hacer cuentas, y el resultado del cálculo me obliga a reconocerlo en voz alta.
"Si esa densidad es real, entonces probablemente tengas razón", le digo despacio.
Mi padre asiente ante mis palabras.
"Y eso me lleva a lo segundo que tenía que contarte", dice. "La Ascensión."
"¿Qué demonios es la Ascensión?", le pregunto ante un término que no me suena de nada.
Y en cuanto termino de decirlo me doy cuenta de que acabo de soltarle un improperio al Emperador del Imperio Tianjing, pero este ni siquiera parpadea.
"El cultivo tiene un límite, un techo", me dice con toda la naturalidad del mundo. "Y cuando alguien lo alcanza y todavía quiere seguir avanzando solo le queda una salida, que consiste en atravesar la Grieta Celestial y entrar en el Reino Celestial. A eso se le llama Ascender."
Y en el momento exacto en que menciona el atravesar la Grieta Celestial, algo se me enciende en la cabeza, porque eso me suena.
Y a partir de aquí es cuando la Puerta Yin se gana el medio mes de infierno que me costó adaptarme a mis sentidos mejorados, porque lo que antes era rebuscar entre mis recuerdos uno a uno, ahora es hacerlo con varios de forma simultánea, y en cuestión de un par de latidos recuerdo claramente como en Xi'an, en una sala del Pabellón de la Perla Dorada, Hong Yan me explicaba lo que le había pedido sobre los Fragmentos Celestiales.
Y ahí, casi al principio, de pasada y sin darle la menor importancia, me decía claramente que la Grieta Celestial es también el conducto que usan los cultivadores que deciden abandonar este mundo para probar suerte en los reinos superiores.
Llevo años con esa frase guardada sin tener ni idea de que fuera importante, por lo que miro a mi padre.
"¿Me estás diciendo lo que creo que me estás diciendo?", le pregunto.
"Sí", me contesta. "Creo que tienes potencial de sobra para recorrer el camino del cultivo hasta el final e intentar la Ascensión. Y creo también que eso no va a pasar jamás si te quedas en este rincón del mundo por la razón más simple que existe, que es que aquí no hay Qi suficiente para llegar al nivel que hace falta. Ni lo hay ahora ni lo va a haber nunca."
Y a mí me hacen falta unos segundos para contestar a eso.
"Te agradezco que creas que puedo llegar tan lejos, de verdad que sí", le digo cuando encuentro las palabras. "Pero el talento no me arregla las piernas, y ese sigue siendo el principal problema para irme del Imperio."
Mi padre me mira sin apartar los ojos ni un momento.
"Es un problema grave, sí", me dice. "Pero no es un problema sin solución, y sospecho que eso lo sabes tú mucho mejor que yo. Porque si te marchas ya no tendrás que ocultar tu cultivo, y eso significa que podrás dedicarte abiertamente a los talismanes, o los encantamientos."
Levanta un dedo mientras mira el libro que esta encima de la mesa.
"Y esas profesiones te va a servir para dos cosas a la vez", continúa. "Para resolver todo lo que tus piernas no puedan resolver, que sospecho que será bastante más de lo que crees, y para pagarte el viaje. Porque te daré fondos para empezarlo, eso por descontado, pero dudo mucho que los fondos que yo pueda hacerte llegar discretamente aguanten un viaje tan largo."
Asiento porque es un cálculo razonable, y hago la pregunta obvia.
"Aunque decidiera marcharme, queda la Secta", le digo. "¿Me dejarían irme?"
Y ante esa pregunta mi padre sonríe.
"Esa es exactamente la razón por la que quería tener esta conversación cuanto antes", me contesta. "Porque ahora mismo existe una oportunidad para que salgas del Imperio de forma discreta y sin llamar la atención. Y esa oportunidad no va a durar."
"¿A qué te refieres?", le pregunto.
Y mi padre, en lugar de contestar, me hace una pregunta.
"¿Te acuerdas de los papeles que le encontraron encima al hombre muerto el día que se te cayó un edificio encima?", me dice.
Y yo aprieto los labios.
"Me acuerdo perfectamente", le contesto, y no consigo que la frase salga del todo limpia.
Porque me acuerdo de del polvo, del peso de Lianhua, del túnel que me toco excavar. Y me acuerdo sobre todo de los cuerpos que fueron sacando uno detrás de otro, todos de gente a la que no conocía y todos, sin excepción, muertos.
Mi padre lo nota y sigue adelante sin comentarlo, que es exactamente lo que necesito que haga.
"Hace unas semanas se ha presentado en la sede de la Secta una delegación de la Torre de los Cinco Dragones", me dice. "Alegan que esos documentos les fueron robados y están negociando su devolución."
Hace una pausa breve mientras parece dudar, pero luego continua.
"Y ahora dime una cosa", me dice. "Aparte de los papeles, ¿se le encontró algo más a ese hombre?"
Y ahí, durante un instante, tengo delante una decisión.
Porque sí que le encontré algo más, una ficha de jade, pequeña, con caracteres desconocidos tallados en ella y que estaba metida dentro de la vaina de su espada.
Y decir eso ahora significaría admitir en voz alta que le oculté una prueba al Yushitai. Significaría, además, entregar a la Torre de los Cinco Dragones lo único que saqué del peor día de esta vida, por lo que hago lo que decidí hacer aquel día entre los escombros, y lo hago con una tranquilidad que, si me parara a examinarla, probablemente me daría un poco de miedo.
"No", le digo. "El guardia que registró el cadáver solo encontró lo que se entregó. Si llevaba algo más encima, lo más probable es que se lo quedara la guardia de la ciudad cuando fueron a retirar el cuerpo."
Mi padre suspira ante mis palabras.
"Entonces no importa", me dice, y con eso parece dejar ese tema antes de seguir.
"He contactado discretamente con esa delegación", continúa. "Y he conseguido que acepten sacarte del Imperio y llevarte hasta la ciudad de Sanjiang, que es donde está la sucursal más cercana de la Torre y adonde se dirigen ellos en cuanto terminen aquí."
Y yo, que en mi otra vida no firmé ningún contrato sin leerme antes la letra pequeña, hago la pregunta que todo el mundo tendría que hacerse en este caso.
"¿Y son de fiar?", le pregunto. "Porque una cosa es aceptar el encargo y cobrarlo, y otra bastante distinta es cumplirlo hasta el final en vez de dejarme tirada en el primer cruce de caminos que les venga bien."
"Otros puede que lo hicieran", me contesta sin ofenderse lo más mínimo por la pregunta. "La Torre de los Cinco Dragones, no. Es probablemente la organización mercantil más cara del mundo conocido, pero también es la más fiable y la que mejor reputación tiene, y esa reputación es exactamente el producto que vende.”
Me quedo pensando un momento, dándole vueltas a un detalle que llevo un rato rondando.
"Para cerrar ese acuerdo, ¿les dijiste que había sido alumna de la Maestra Mu?", le pregunto.
"No", me contesta. "No sé si ella te dio permiso para decir en voz alta que fuiste su discípula, y no me pareció que fuera una decisión que me correspondiera tomar a mí.”
Y eso, más que ninguna otra cosa de todas las que ha dicho esta noche, es lo que me dice hasta qué punto ha llevado este asunto con cuidado, por lo que cierro los ojos y me quedo así un momento, con las manos en el regazo y todo lo que acabo de escuchar dando vueltas en mi cabeza hasta que vuelvo a abrirlos y me inclino hacia delante todo lo que mi cuerpo me permite.
"Gracias, padre", le digo cuando levanto la cabeza. "Por haber pensado en esto, por haberlo pensado a fondo y por habérmelo contado en lugar de decidir por mí."
Y respiro antes de continuar.
"Pero necesito pensarlo", le digo. "Y seriamente, no con prisas."
"Eso lo doy por descontado", me contesta. "Aunque hay algo que tienes que saber antes de ponerte a pensar."
Se endereza.
"La delegación de la Torre estará en el Imperio tres meses como mucho", me dice. "Y cuando ese plazo se cumpla se marcharán porque tienen sus propios asuntos, y no van a esperar por nosotros a pesar de ese acuerdo preliminar. Así que, si esa es la opción que quieres tomar, ese es el tiempo que tienes."
"Lo entiendo", le digo.
Mi padre asiente, termina lo que le queda en la taza y la deja sobre la mesa antes de levantarse.
"Será mejor que me vaya antes de que demasiada gente empiece a preguntarse dónde estoy", me dice.
El cerrojo se abre solo porque no tengo el ánimo para hacer gestos dramáticos, y la hoja de la puerta se abre revelando la figura de Lianhua, de pie exactamente donde la dejé hace un buen rato.
"Buenas noches, padre", le digo.
"Buenas noches, Wen", me contesta antes de salir, y la puerta se cierra a su espalda.
Me quedo sola en mi despacho, con el talismán de privacidad todavía activo, con dos tazas vacías, con una tetera que se ha quedado tibia porque el papel se le ha consumido hace rato y con un plato de refrigerios parcialmente vacío.
Y con dos opciones, el trono o el viaje.
Pero como no soy capaz de dejarlo estar, hago lo que llevo medio año prometiéndome que no haría, que es coger las palabras exactas de la profecía e intentar encajarlas en la realidad como quien encaja piezas de cerámica que ni siquiera está seguro de que pertenezcan a la misma vasija.
Una de esas opciones es más segura que la otra, pero te llevará a una vida de pesar y arrepentimientos. Y la otra te llevará a una vida llena de peligros y de riesgos, pero si persistes en ella hasta el final, te llevará a una puerta.
Lo obvio sería colocar el trono en la casilla de la seguridad y el viaje en la de los peligros, y durante unos diez segundos me parece que la cosa está resuelta, pero enseguida queda claro que no lo está en absoluto.
Porque el trono no tiene nada de seguro, ya que para llegar a él hay que pasar por unas pruebas de las que mi propio padre acaba de hablarme indicando que hay posibilidades claras de morir, y porque el viaje, mirándolo bien, tampoco tiene ninguna garantía de estar libre de arrepentimientos, ya que consiste en dejar atrás a mi madre y todo lo que he construido en trece años para irme a perseguir un horizonte que no he visto nunca.
Y para rematarlo, está la puerta, porque llevo medio año dando por hecho que la puerta de la profecía es la del fondo de aquella cueva, la que estaba cubierta de inscripciones y empezó a brillar mientras el techo se me venía encima.
Pero resulta que esta noche me acabo de enterar de que en este mundo hay otra, una grieta en el cielo que es, si a alguien le apetece ponerse literal, la puerta más grande que existe.
Y esa está al final de la opción que consiste en marcharse, o tal vez de la quedarse, porque la grieta está en el cielo y probablemente se pueda llegar desde cualquier lugar.
Y para complicar más el asunto, si no descartamos mi idea original sobre la puerta, he renacido en este imperio, lo que hace posible que este lugar este relacionado con la puerta que me trajo a este mundo.
Suspiro ante mis pensamientos debido a que no aclara absolutamente nada, porque una profecía que encaja igual de bien en las dos respuestas posibles, más que una profecía es una lotería.
Entonces me acuerdo de un valle escondido detrás de una montaña, de un árbol imposible con un nido dorado en la copa y de un pájaro del tamaño de una casa pequeña diciéndome, con una suavidad que no le había oído hasta ese momento, que a veces contarle a alguien su destino es lo peor que se le puede hacer, y que cuando llegara el momento de la elección quizá acabara maldiciendo su nombre por habérmelo contado.
Y me acuerdo también de que le conteste, muy segura de mí misma, que no lo haría.
Suspiro y me froto la cara con las dos manos al recordar eso, porque resulta que le debo una disculpa a un Feng.