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Llevo un buen rato con los ojos cerrados, sentada en la silla baja en el centro de la formación mientras cultivo la Puerta de la Naturaleza.

Aunque al principio la elegí por el tiempo adicional que proporcionaba la reducción de tiempo de sueño, ahora me alegro de haberla elegido debido a que, de las cinco que me quedan, es la que más falta me hace ya que promete una mayor capacidad de curación y regeneración de resistencia, y para alguien que es probable que se meta en riesgos en futuro no tan lejano, esas dos cosas le vienen bastante mejor que ser capaz de aguantar la respiración un rato más.

Y ese pensamiento, que debería haber durado más tiempo, desaparece ante la duda que lleva interrumpiendo cualquier intento de concentrarme durante el último mes.

El trono o marcharme.

Llevo un mes recorriendo ese camino, y ya es un razonamiento que si tuviera una representación física, sería una zanja digna de los Looney Tunes.

Y sí, técnicamente hay cuatro opciones, no dos. Están también la Secta y el matrimonio, y me obligo a repasarlas de vez en cuando por pura honestidad, porque descartar algo sin volver a mirarlo es la mejor manera de equivocarse a lo grande.

Pero es que, puestas al lado de las otras dos, son de una cutrez difícil de ignorar. Una consiste en dejar que me suban y me bajen por escaleras el resto de mi vida, y la otra en entregarle a un desconocido todo lo que se me ocurra a partir del día de la boda.

Comparar eso con la posibilidad de sentarme en el trono del Imperio, o de cruzar medio mundo para intentar conseguir algo llamado la Ascension, es como comparar la elección entre un incendio y una inundación con la elección entre dos tipos de sopa.

Y para rematarlo está mi madre, porque durante este mes le he preguntado tres veces por su opinión, de una forma muy discreta y dentro de conversaciones sobre otras cosas con toda la inocencia que soy capaz de fingir, que no es poca.

Pero las tres veces me ha contestado prácticamente lo mismo, que es una decisión que tengo que tomar yo, y que no piensa influirme ni en un sentido ni en el otro.

La primera vez me pareció prudente, en la segunda me pareció deliberado, y con la tercera me quedó claro que ha prometido a sí misma no intervenir, por lo que puedo darle todas las vueltas que quiera a la manera de preguntárselo que de mi madre no va a salir ni una palabra que se parezca lo más mínimo a un consejo.

Estoy por enésima vez con ese pensamiento cuando me doy cuenta de que llevo un rato largo sin absorber prácticamente nada.

Presto atención y compruebo lo que ya me temía, que la sala está vacía de Qi neutral, por lo que decido dejarlo por hoy y abro los ojos.

Al abrirlos lo primero que veo es a Lianhua, que ya ha comenzado a andar hacia mí desde el otro extremo de la sala, y al verla venir, suspiro.

Porque de las dos opciones, hay una que no puedo tomar en solitario, ya que si me marcho, me marcho a un sitio donde no conozco a nadie, sin poder andar y sin más red de seguridad que la que pueda crear yo, y hacer eso sola sería menos una decisión que una forma elaborada de suicidio.

Y como las personas a las que puedo pedirles que se vengan conmigo son exactamente dos, tampoco es que sea una tarea que vaya a llevarme todo el día.

Así que cuando Lianhua llega a mi lado, levanto la cabeza y la miro.

"Siéntate", le digo. "Tengo que hablar contigo."

Lianhua me mira y no pregunta nada, simplemente se recoge la falda con un gesto y se sienta en el suelo, a mi lado y con la espalda tan recta como si estuviera de pie.

Saco un talismán de privacidad de la bolsa en la que guardo los pocos talismanes que llevo encima, lo activo y noto cómo todos los sonidos que venían del corredor desaparecen de golpe.

"Tengo que hablar contigo en serio", le digo. "Y antes necesito que me prometas que vas a guardar silencio sobre lo que voy a preguntarte."

Y Lianhua levanta la vista hacia mí con una expresión que no le veo casi nunca, porque no es sorpresa ni es incomodidad, es que se ha ofendido.

"Si es algo importante, no se lo diría nunca a nadie", me contesta.

Y ahí hace una pausa muy breve, tan breve que alguien que no llevara doce años escuchándola no la habría notado.

"A menos que hacerlo supusiera un riesgo para su vida", añade.

Suspiro, porque me imaginaba que la respuesta iba a ser esa, o alguna variante, y porque discutírselo sería tan útil como discutirle a una puerta el motivo por el que está cerrada.

"Tengo una pregunta que hacerte", le digo. "Y es seria. No quiero que me contestes enseguida, quiero que te lo pienses antes."

Y después de decir eso me callo y la miro, por lo que Lianhua me sostiene la mirada un momento antes de asentir.

"Si por alguna razón dejara el Imperio", le digo. "¿Estarías dispuesta a venirte conmigo, o preferirías quedarte?"

Y veo perfectamente el momento en el que va a abrir la boca, así que levanto una mano para pararla.

"Espera, porque falta lo importante", continúo. "Si me marcho, me marcho dejando atrás mi identidad. Se acabó el rango de Zhāohuán, se acabó mi pertenencia a la familia Sun y se acabó todo lo que viene con esas dos cosas. Pasaría a ser una cultivadora errante más, que tendría que ganarse buenamente la vida con lo que sepa hacer."

Y bajo la mano, porque ahora viene la parte que de verdad hay que decir en voz alta.

"Y eso significa que se acaba esto también", digo señalando con la barbilla las runas del suelo. "Ni formación de recolección de Qi, ni médicos imperiales cada vez que me duele algo, ni Nei Wei en la puerta, ni un baño construido a medida para alguien que no puede sostenerse de pie. Todo eso desaparece, y a partir de ahí tendremos que apañárnoslas como podamos."

Una vez dicho eso, dejo de hablar y la miro porque no pienso adornarlo más. Porque lo que le estoy pidiendo, por mucho que le esté dando la vuelta con palabras bonitas, es que renuncie a una vida cómoda para seguir siendo mis piernas y manos en un sitio desconocido.

Lianhua me mira durante un buen rato, y finalmente suspira.

"Pasar dificultades no es algo que me asuste", me dice. "Ya las he pasado antes, y lo que está describiendo no se le parece en nada."

Y me hacen falta un par de latidos para darme cuenta de lo que acaba de ocurrir, porque no ha dicho Zhāohuán Wen, ni ha usado ninguna de las fórmulas con las que lleva doce años dirigiéndose a mí, ni una sola.

"En realidad tengo que decir una cosa", continúa. "El tiempo que llevo aquí, primero como su RuNu y ahora como su Fei Yi, ha sido probablemente el periodo más feliz de mi vida desde que era una niña."

Y yo me quedo muy quieta porque esto no me lo esperaba en absoluto, ya que con sus palabras se abre delante de mí una puerta enorme llena de preguntas que nunca he hecho.

Pero hoy no es el día para esa charla, y aun menos aprovechando que acaba de bajar la guardia, porque una persona que dice ha sido el periodo más feliz de mi vida desde que era una niña está diciendo también, sin decirlo, que hay un periodo en el que sucedió algo que no piensa contar y eso tengo que respetarlo, así que me callo y sigo escuchando.

"En su día me hice una promesa", continúa Lianhua. "Que correspondería a Guifei Xiang y a usted por la manera en la que me han tratado desde que llegué, porque no me han tratado como a una sirvienta, sino casi como a una más de la familia. Y eso no es algo que se pague sirviendo el té a la hora correcta."

Entonces levanta la cabeza y me mira de frente.

"Así que, a menos que me ordene expresamente que me quede atrás, si decide marcharse la acompañaré adonde quiera ir", me dice con firmeza.

Y yo me quedo mirándola mientras algo cálido me sube por el pecho y se me instala en la garganta, haciendo que cuando por fin consigo hablar la voz me salga un poco temblorosa.

"Gracias", le digo. "Por lo que has dicho y por la confianza que hace falta para decírmelo."

Y después de eso se hace un silencio en la sala que ninguna de las dos intenta llenar.

Dura poco, porque tengo la costumbre de recomponerme deprisa cuando no me queda otro remedio, y hoy no me queda otro remedio.

"Bien", digo cuando vuelvo a tener el control de mi voz. "Entonces queda el otro asunto, y ese asunto es Xia."

Lianhua asiente sin decir nada al escucharme.

"Esa niña vio como aniquilaban a toda su familia", continúo. "Y después su propio hermano la dejó tirada, por lo que me temo que si ahora me marcho yo también y la dejo aquí, eso podría romperla del todo por muy bien acompañada que la deje."

Y ahí hago la pausa correspondiente.

"Pero puede ser demasiado pequeña para plantearle algo que, en esencia, sería un exilio permanente", añado.

"Ya tiene once años", me contesta Lianhua ya con su formalidad de siempre. "Y, si no me equivoco, está a punto de terminar el Templado de los Nervios, por lo que no es tan frágil como puede suponer."

Hace una pausa.

"Y lo mejor que puede hacer al respecto es lo mismo que ha hecho conmigo, que es preguntárselo directamente", continúa. "Aunque, después del juramento que le hizo, ya sabe perfectamente lo que va a contestarle."

"Me lo imagino", le digo. "Pero prefiero preguntárselo de todas formas, porque una cosa es dar algo por hecho y otra muy distinta es que a la persona le hayan dado la oportunidad de decir que no."

Y como ya estoy lanzada y llevo un mes demostrándome que dejar las cosas para más tarde no me ha servido absolutamente de nada, tomo la decisión obvia.

"Así que vamos a quitarnos también esa charla de en medio", le digo. "Ve a buscar a Xia."

Lianhua se levanta del suelo, se inclina y sale de la sala.

Yo me quedo esperando tranquilamente, con el talismán todavía activo y con las manos en el regazo, hasta que la puerta vuelve a abrirse y entran las dos, momento en el que Lianhua la cierra otra vez a su espalda.

Xia se planta delante de mí con las manos juntas y la cara de quien ha estado haciendo cábalas todo el camino.

"Lianhua me ha dicho que tienes algo que preguntarme", me suelta.

"Lo tengo", le contesto. "Siéntate."

Xia me mira con una interrogación enorme escrita en la cara, pero se sienta en el suelo sin discutir, con las piernas cruzadas y la espalda recta.

Le repito entonces lo mismo que le he dicho a Lianhua, lo de que esto no puede salir de esta sala bajo ningún concepto, y Xia asiente antes de que termine la frase y me contesta que sí, que por supuesto, con esa velocidad que hace que uno se pregunte si ha llegado a escuchar la pregunta entera.

A continuación le hago la misma pregunta que a Lianhua, recalcando además los mismos inconvenientes que a ella de esa decisión.

Y Xia se pone de pie de un salto, con los ojos brillándole y con una sonrisa que le come media cara.

"¡Sí!", dice. "¡Sí, quiero ir contigo!"

Yo me quedo desconcertada, porque una cosa es esperarse un sí y otra muy distinta es esperarse esto.

"Xia", le digo despacio. "¿Por qué estás tan entusiasmada?"

"¡Porque el señor pájaro...!", empieza.

Y se para en seco mientras se apaga su entusiasmo de golpe, como si alguien hubiera soplado una vela, mientras junta las manos delante y baja la vista al suelo.

"No puedo contártelo", dice con una muy pequeña. "Lo siento."

Y yo suspiro, porque ahí está otra vez.

Porque es evidente que esto viene de aquella conversación en el valle, de esos minutos en los que Xia y Lianhua se quedaron plantadas mirando el nido con cara de sonámbulas mientras a mí el Feng me contaba mi destino, y de las instrucciones que las dos recibieron sobre lo que podían y no podían decirme.

Y podría insistirle a Xia, que es la parte débil de este muro, y probablemente en dos o tres intentos bien colocados conseguiría sacarle algo.

Pero es que ese pájaro, hasta ahora, no ha hecho nada que me perjudique. Me avisó, me advirtió de las consecuencias de avisarme y hasta me mandó de vuelta a casa diciéndome que lo que más temía no era la razón por la que tenía que volver, y acertó.

Así que no, no pienso hacerle eso a Xia.

"No pasa nada, Xia", le digo con toda la suavidad de la que soy capaz. "Puedes guardar el secreto."

Xia levanta la vista con un alivio tan visible que se le nota en los hombros.

"Y ahora os voy a explicar a las dos por qué os estoy preguntando esto", continúo. "Porque tengo que decidir entre dos cosas. La primera es marcharme del Imperio, y la segunda es presentarme como candidata a las pruebas para la sucesión del trono."

Dejo que mis palabras se asienten durante un momento.

"Así que decidme qué opináis vosotras", digo.

Xia se remueve un poco donde está.

"Ser Emperatriz suena genial", me dice en voz baja. "Pero prefiero no opinar."

Asiento sin insistir, porque es una respuesta bastante más lista de lo que ella misma cree, y giro la cabeza hacia Lianhua.

Lianhua me devuelve la mirada.

"La elección es sencilla, Zhāohuán Wen", me dice. "Solo tiene que preguntarse qué es lo que quiere hacer y seguir a su corazón."

Hace una pausa breve.

"Y sea cual sea esa elección, yo la apoyaré hasta el final”, me dice finalmente.

Y yo me quedo mirándolas a las dos.

A una niña de once años que ha perdido más cosas de las que debería y a una mujer que acaba de decirme, sin ninguna clase de énfasis, que si me voy se viene, y que si me quedo se queda.

Y me doy cuenta de que llevo un mes buscando una respuesta en el sitio equivocado, en las probabilidades, en los plazos de una delegación que se marcha dentro de dos meses y en una profecía que encaja igual de bien en las dos opciones y que por lo tanto no vale para nada.

Pero la respuesta no estaba ahí.

Así que noto cómo se me escapa una pequeña sonrisa, de esas que salen solas cuando por fin todas las dudas desaparecen.

"Entonces está decidido", les digo. "Vamos a ver a mi madre, porque tenemos un viaje que planificar."

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