Capitulo 170 Interludio 26 (Patreon)
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Lianhua se detiene frente a una casa en uno de esos callejones de la zona baja de la Capital Imperial, donde los tejados casi se tocan entre sí y la ropa tendida sustituye al cielo.
La casa no es gran cosa. Tiene la fachada desconchada en varios puntos, una puerta de madera que alguien ha reparado más de una vez con tablones de distinto color y, sobre el dintel, un cartel descolorido que en su día debió de anunciar algo y que ahora solo es un rectángulo de madera vacío que nadie se ha molestado en quitar.
Va vestida con un traje discreto, de los que no llaman la atención en un barrio como este, y durante un momento se limita a mirar la fachada con una concentración que no tiene nada que ver con la arquitectura, ya que es, probablemente, la última vez que la vea.
Y también, probablemente, la última vez que vea a la gente que vive dentro.
La certeza no le pesa como debería. O tal vez sí lo hace y simplemente ha tenido años para aprender a cargar con ese tipo de pesos sin que se le note en la cara.
Porque el hecho de que esta sea la última noche es precisamente la razón por la que esta noche puede, por fin, sentar las bases de un futuro mejor para ellos. Un futuro en el que no tengan que seguir escondiéndose, no por las palabras vagas que la Bestia Guardiana del Imperio le dedicó una vez sobre que sacrificar sus ideales llevaría algún día a la familia Wang a la prominencia.
Lianhua sabe de sobra qué haría falta para eso. Y también sabe, con la misma claridad, que no piensa hacerlo, porque sabe es qué hace falta para que la familia Wang, sin necesidad de prominencia alguna, pueda simplemente prosperar en paz.
Lo sabe desde hace tiempo. Lo que nunca ha tenido, hasta esta noche, es la posibilidad de hacerlo sin arrastrar con ella a Zhāohuán Wen si alguna vez la descubrieran.
Pero a partir de esta noche, esa posibilidad ya no importa.
Lianhua descarta el pensamiento con la misma facilidad con la que aparta una hoja seca del camino, porque solo dispone de esta noche para atar todos los cabos sueltos que ha dejado pendientes durante años, y lamentarse por lo que podría haber hecho antes no le va a devolver el tiempo perdido, así que avanza y entra en la casa.
Al cruzar la puerta se adentra en un patio pequeño, de tierra apisonada, donde media docena de faroles de papel cuelgan de una cuerda tendida entre dos postes. Bajo su luz, un par de hombres y cerca de una decena de mujeres se afanan en tareas distintas, doblando telas, cortando papel en pliegos regulares, moliendo algo en un mortero de piedra en el que dos de ellas se turnan.
Y todos, sin excepción, comparten con Lianhua algo en los rasgos. La misma línea de la mandíbula, la misma forma de entornar los ojos, un parecido que en unos es apenas perceptible y en otros resulta casi inquietante de exacto, como si el mismo molde se hubiera usado una docena de veces con variaciones menores.
Son sus hermanos y hermanas. No por parte de la misma madre, pero sí todos por parte del mismo padre, y todos, también, supervivientes de la misma casa de la que Lianhua escapó hace años y a los que ha ido, uno a uno, rescatando desde entonces.
En cuanto la ven entrar, las todos se detienen.
"¡Hermana!", dice una de las mujeres más jóvenes, y el saludo se contagia de inmediato al resto del patio, entre sonrisas y cabezas que se inclinan con un afecto que no tiene nada de ceremonial.
Lianhua les devuelve el saludo con un gesto de la mano y una calidez breve que solo aparece en su rostro en sitios como este, pero no se detiene a conversar.
"Tengo prisa", les dice. "Necesito hablar con Xun."
Uno de los hombres, con las manos todavía manchadas de tinta, señala hacia el interior del edificio con la barbilla.
"Está en su despacho, hermana", le dice.
Lianhua asiente, cruza el patio y entra en el edificio con el paso de quien conoce cada rincón de ese sitio de memoria mientras recorre un pasillo estrecho, gira una esquina sin pensar demasiado y llega hasta una puerta de madera lisa ante la que se detiene un instante antes de llamar.
Desde dentro, una voz de hombre responde de inmediato.
"Adelante", dice la voz.
Lianhua abre la puerta y entra en un despacho pequeño, iluminado por una única lámpara de aceite, con las paredes cubiertas de estanterías donde se amontonan rollos de papel, pinceles y frascos de tinta ordenados con una meticulosidad que solo alguien que lleva años haciendo cuentas puede tener.
Tras el escritorio hay sentado un hombre de unos treinta años que comparte con Lianhua el mismo parecido que el resto de la casa, aunque en él, como en todos, se manifiesta de un modo distinto. Al verla entrar, se agacha, rebusca debajo del escritorio y saca una pequeña bolsa de tela que deja sobre la mesa con un gesto casi ceremonial.
"Estas son todas las piedras espirituales que hemos conseguido intercambiar hasta ahora", le dice mientras empuja la bolsa hacia ella.
Lianhua la coge y nota, por el peso, que es una buena cantidad, aunque eso no es lo que le importa esta noche.
"Gracias, Xun", le dice. "Pero tengo cosas importantes que decirte."
Xun la mira, y algo en el tono de su voz debe de haberle puesto en alerta, porque su expresión cambia de inmediato.
"¿Ha pasado algo grave?", pregunta.
Lianhua suspira antes de contestar.
"No", le dice. "Pero tengo que decirte que, debido a ciertas circunstancias que no puedo contarte, esta va a ser la última vez que podamos reunirnos."
El hombre se pone pálido al escucharla.
"¿Cómo que la última vez?", pregunta, y las palabras le salen atropelladas. "¿Qué ha pasado? ¿Estás en peligro? Si es por dinero, podemos..."
"No es grave", lo interrumpe Lianhua, con una calma que no admite discusión. "Pero no puedo contarte nada, aunque probablemente, con el tiempo, acabarás enterándote de la razón por la que no voy a poder volver."
Xun abre la boca de nuevo, claramente dispuesto a seguir preguntando, y Lianhua levanta una mano para detenerlo antes de que consiga articular la siguiente pregunta.
"No puedo quedarme mucho tiempo", le dice. "Y todavía tengo que darte mis últimas instrucciones. Así que escúchame."
Xun cierra la boca y asiente, aunque la tensión no desaparece de sus hombros.
"Lo primero", empieza Lianhua. "Quiero pedirte que cuides de la tumba de mi madre. Yo ya no voy a poder hacerlo."
Xun traga saliva, pero asiente de nuevo, más despacio esta vez.
Lianhua se lleva la mano al hombro, donde lleva colgada una bolsa de tela raída, y empieza a sacar de ella, una tras otra, varias bolsitas más pequeñas que va depositando sobre la mesa bajo la mirada cada vez más desconcertada de Xun. Cuando termina, hay cinco de ellas alineadas junto a la que él mismo le ha dado momentos antes.
"Esos son mis ahorros", le dice. "En un futuro próximo no los voy a necesitar, así que os los dejo para financiar los gastos que vais a tener. Y en cuanto a los talismanes que todavía no se hayan vendido, quedaos también con todo lo que saquéis de ellos."
"Lianhua...", dice el hombre llamado Xun.
"Todavía no he terminado", lo corta ella, y saca de entre los pliegues de su ropa un fajo de papeles doblados, que deja sobre la mesa junto a las bolsas de dinero con el mismo cuidado con el que ha colocado todo lo demás.
"En estos papeles está la prueba de que eres el hijo mayor y varón superviviente de nuestro padre", le dice. "Con ellos, acude al funcionario que se indica en la última hoja y solicita el puesto de cabeza de la familia Wang. Y hazlo mañana sin falta, antes de que a alguno de nuestros primos se le ocurra hacer lo mismo."
Xun mira los papeles sin tocarlos, como si temiera algún tipo de reacción si los rozaba, y cuando levanta la vista hacia ella, la alarma le ha vuelto a la cara con más fuerza que antes.
"¿Y qué pasa con Ling?", pregunta.
Lianhua lo escucha y le contesta sin que se le altere ni un solo músculo de la cara.
"No te preocupes por Ling", le dice. "Después de esta noche, ya no será el cabeza de la familia Wang y ese puesto va a quedar vacante."
Coge entonces la bolsa con las piedras espirituales de encima de la mesa, se la guarda entre las ropas y se da la vuelta para marcharse.
Pero antes de que dé el segundo paso, Xun se pone en pie de golpe, con tanta brusquedad que la silla araña el suelo detrás de él.
"No hagas ninguna locura", le dice, y la voz le sale más alta de lo que pretendía. "Sea lo que sea lo que estés pensando, puede costarte el puesto en la corte. Y puede arrastrar con ello a la Zhāohuán, con las consecuencias que eso traería, lo sabes mejor que nadie."
Lianhua se detiene un momento, de espaldas a él, dejando que el silencio se asiente entre los dos antes de contestar.
"La misma razón por la que no voy a poder volver es la razón por la que no temo esas consecuencias", le dice. "Lo comprenderás con el tiempo."
Y sin añadir nada más, sale del despacho mientras, a su espalda, oye cómo Xun se deja caer de nuevo en la silla con un peso que no tiene nada que ver con el cansancio.
Lianhua recorre el pasillo hasta el patio, y allí, en el umbral, se detiene un instante para mirar por última vez a la gente que sigue trabajando bajo la luz de los faroles de papel, como si quisiera memorizar cada uno de esos rostros antes de que el tiempo se los lleve.
"Cuidaos", les dice al cruzar el patio, y varias voces le devuelven las palabras entre sonrisas que no saben que son de despedida.
Y entonces sale de la casa sin volver la vista atrás.
Lianhua acelera el paso mientras atraviesa la ciudad, y sus pasos la llevan hacia el barrio noble, hasta una finca situada justo en el borde exterior, la que más lejos queda de las miradas curiosas y la que, por eso mismo, su padre siempre prefirió.
Se detiene frente al muro exterior y lo contempla un momento.
El deterioro es evidente. Hay grietas que recorren la piedra de arriba abajo, parches de musgo allí donde nadie se ha molestado en limpiar la humedad y un tramo entero donde el mortero se ha desprendido dejando la piedra desnuda.
Y esa decadencia, lejos de hacerle dudar, le confirma que lo que va a hacer esa noche es necesario, por lo que cierra los ojos y activa la Visión de Horus.
Su percepción se separa de su cuerpo y se eleva, y aunque la noche es cerrada, su rango de Adepto en la técnica le permite ver en la oscuridad con la misma claridad con la que vería a plena luz del día, por lo que recorre el muro con la mirada hasta encontrar un punto concreto, más alejado de las luces de la entrada principal, y comprueba que no hay nadie al otro lado que pueda verla.
Se aproxima a ese punto, saca de su bolsa una cuerda con un gancho en el extremo y activa la Miríada de Manos.
El gancho se eleva por el aire, silencioso, y se engancha con precisión en la parte superior del muro. Lianhua tira con cuidado para comprobar que aguanta, y entonces trepa sin hacer el más mínimo ruido, con la misma eficiencia con la que hace todo lo demás.
Una vez arriba, recoge la cuerda, la enrolla y la guarda de nuevo en la bolsa para que nadie encuentre rastro de cómo ha entrado.
La Visión de Horus sigue sin mostrarle ningún guardia cerca, así que se deja caer al otro lado del muro en silencio y empieza a adentrarse en la residencia de la familia Wang.
Y a cada paso que da, algo dentro de ella se indigna.
La residencia está peor de lo que recordaba. Los jardines, que en su día alguien mantenía con esmero, están invadidos de maleza, y varios de los pabellones más alejados tienen las tejas rotas y sin reparar. Es un deterioro que debería entristecerla, y en cierto modo lo hace, pero sobre todo hace que la determinación de esa noche se afiance en ella.
Porque, a pesar de los años que han pasado desde la última vez que recorrió estos pasillos, todavía recuerda cada uno de ellos. Cada pasadizo, cada atajo, incluso los que solo una niña pequeña podría usar y en los que ella, ahora, ya no cabe.
Pero conocer el camino, sumado a la Visión de Horus y a su visión nocturna, es más que suficiente. Lianhua esquiva a todo el mundo con el que se cruza, sin que ni una sola sombra note su paso, hasta llegar a la residencia oficial del cabeza de familia, el lugar donde es más probable encontrar a su hermano, y se cuela dentro sin llamar la atención de nadie.
El interior, en contraste brutal con el aspecto ruinoso del exterior, sigue siendo excesivamente lujoso. Los pasillos están cubiertos de alfombras gruesas que amortiguan sus pasos, y las paredes lucen tapices cuyo coste podría haber pagado fácilmente la reparación de algún edificio de la residencia.
Lianhua recorre esos pasillos hasta el dormitorio principal, y allí, antes de nada, se detiene a escuchar a través de la puerta.
Distingue la respiración de varias personas, profunda y regular, claramente dormidas, por lo que abre la puerta con cuidado y entra.
La habitación está presidida, como en tiempos de su padre, por una cama enorme en la que caben con holgura varias personas, y sobre ella distingue tres siluetas acostadas.
Antes de acercarse, activa un talismán de privacidad que saca de entre sus ropas, por si acaso, y solo entonces se aproxima a la cama donde, entre las sábanas, está su hermano Ling dormido junto a dos mujeres.
Por un instante, algo en Lianhua desea despertarlo. Quiere que entienda lo que está a punto de pasarle, quiere ver su rostro en el momento en que muera, quiere que sepa, aunque solo sea por un segundo, quién ha venido a saldar esta cuenta.
Pero descarta el impulso casi tan rápido como aparece, porque sería un riesgo innecesario y esta noche no hay sitio para riesgos innecesarios.
Saca de la bolsa un pequeño incensario, enciende el palito de incienso que lleva dentro conteniendo la respiración mientras lo hace, y el humo se eleva, delgado y silencioso, mientras Lianhua espera.
El tiempo pasa despacio, con el único sonido de tres respiraciones que, poco a poco, empiezan a cambiar de ritmo. Se vuelven más profundas, más lentas, hasta que Lianhua reconoce en ellas el efecto del somnífero mezclado con el incienso, y sabe que ha llegado el momento.
Vuelve a meter la mano en la bolsa y saca una daga, la que ha traído específicamente para esta ocasión, y en cuyo filo, solo por precaución, ha untado un veneno de acción rápida porque sabe, con la misma certeza con la que sabe su propio nombre, que su hermano nunca se ha molestado en abrir la Puerta del Agua.
Y sin esa puerta abierta, no tiene ninguna resistencia frente a los venenos.
Lianhua se concentra, y con todas sus fuerzas, clava la daga profundamente en el corazón de Ling, por lo que el efecto es inmediato.
Su hermano muere en el acto, con un único estertor apagado que, gracias al efecto del incienso, no llega a despertar a las dos mujeres que duermen a su lado.
Lianhua se queda un momento inmóvil, comprobando que de verdad ha dejado de respirar, y mientras lo hace le vienen a la memoria unas palabras que pronunció hace años, frente a la tumba de su madre y dirigidas a este mismo hombre.
Que un día se acostaría para no volver a despertarse nunca más.
No recuerda haber sentido, en aquel entonces, que esa promesa fuera a cumplirse de una forma tan literal. Y sin embargo, aquí está.
Solo cuando está segura de que ya no respira, apaga el incensario porque necesita que esas dos mujeres despierten antes del amanecer y den la alarma. Si Xun apareciera a reclamar el puesto de cabeza de familia antes de que nadie supiera que Ling ha muerto, levantaría sospechas que ninguna prueba en el mundo podría disipar del todo.
Recoge los restos del talismán de privacidad, guarda el incensario en su bolsa junto con todo lo demás, pero deja la daga clavada en el pecho de su hermano.
Entonces sale de la habitación y recorre el edificio en sentido inverso, mientras piensa, con una mezcla extraña de lamento y gratitud, que la tacañería de Ling con el mantenimiento de la residencia es evidente que también se extendió a la contratación de guardias, y que eso ha hecho todo el proceso mucho más sencillo de lo que debería haber sido.
Sale de la residencia Wang por el mismo punto por el que entró, salta el muro, recoge la cuerda una última vez y desaparece en la noche.
Y mientras se aleja de la finca, con el peso de la bolsa de piedras espirituales golpeando suavemente contra su costado, Lianhua pone rumbo al Palacio Imperial ya que todavía queda mucho por preparar antes de que, al día siguiente, Zhāohuán Wen, Xia y ella misma se marchen para no volver.