Historia del Kelpie (Patreon)
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Cuentan que había dos hermanos que siempre estaban compitiendo por ser el mejor en cualquier ámbito cotidiano creando situaciones desastrosas para ambos: Si competían en una carrera se ponían la zancadilla o preparaban obstáculos para que el otro tropezara hasta acabar lesionados los dos; Si querían comprobar quién pescaba más, saboteaban los anzuelos o la caña del otro hasta quedarse sin cenar en más de una ocasión.
Un día apareció ante ellos una vieja hechicera, que les prometió la solución a sus problemas. Lanzó un conjuro sobre una extraña flor que se encontraba al otro lado del lago y retó a ambos a ir a por ella. El primero en tocarla superaría al otro en todo lo que se propusiera.
Para llegar, advirtió que tenían de tiempo un día entero de camino, pero que una persona normal, solo resistiría medio pues estaba muy lejos.
El viaje podía hacerse por tierra o travesando el lago. Para ayudarlos les ofreció un caballo y una pequeña canoa.
Cada uno eligió su medio de transporte y se pusieron manos a la obra para llegar a su ansiada meta.
A medio camino, el hermano que llevaba la canoa tuvo que parar pues tenía los brazos agotados. El otro hermano, al ver desde la orilla que el barco paraba, aprovechó para dar un descanso al caballo y acércalo a la orilla para que bebiera y recuperara fuerzas.
Cuando el morro del animal tocó el agua sus ojos se encendieron y el color de su pelaje se tornó oscuro.
Se trataba de un Kelpie en realidad. Saltó furiosamente al agua para arrastrar a su jinete a lo más profundo del lago,
El hermano que descansaba en la canoa se acercó lo más rápido que pudo a socorrerlo y con la energía que le quedaba golpeó la cabeza del kelpie con un remo hasta conseguir que lo soltará.
Consiguió rescatarlo y subirlo con él. Este se ofreció a continuar el viaje, pues tenía los brazos descansados.
Mucho antes de que acabara el día habían cruzado el lago y se encontraban ante la flor.
En lugar de recogerla para cobrar el premio, acordaron que a partir de entonces iban a colaborar en vez de competir pues de ese modo podían superarse a sí mismos siempre.