El miedo es quimeras y humo! (Patreon)
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Cuando alguien me dice que le tiene miedo a la crítica de las personas al presentarse en un evento, lo entiendo perfectamente.
No voy a decirte que “no tengas miedo” porque sé que no funciona así.
Siento que fue ayer cuando, a mis 16 años, no podía verme en el espejo. Me daba muchísima vergüenza mirarme y no tenía nada que ver con la forma de mi cuerpo. Era una sensación insoportable. No sabía explicarla, pero estaba ahí.
Y como buena adolescente, decidí no quedarme de brazos cruzados.
Me fui directo a una terapia de choque, aunque en ese momento ni siquiera sabía que eso era.
Fui a un taller de dibujo al desnudo en una escuela de arte y me quité la ropa.
Sudaba como si estuviera en un sauna. Pero era diciembre, eran las 7 de la mañana y estábamos en un salón lleno de ventanales.
Imagínense la imagen, era casi una niña.
Y, sin embargo, salí triunfante.
No porque alguien hubiera dicho que mi cuerpo era bonito. No porque hubiera recibido aprobación. Ni siquiera porque hubiera dejado de sentir vergüenza por unos minutos.
Salí triunfante porque había hecho algo que mi miedo me decía que no podía hacer.
Yo no estaba ahí para descubrir qué pensaba la gente de mi cuerpo o si lo consideraban atractivo. Estaba ahí para entender por qué me sentía así con mi propio cuerpo.
Las clases de arte duraron años. Después se convirtieron también en una especie de terapia. Me encantaba ir a meditar en los talleres de los artistas y ser parte del proceso de inspiración de alguien.
Y aunque parezca contradictorio, la maldita sensación no desapareció.
Todavía aparece.
A veces punza.
La diferencia es que ya no soy aquella niña de 16 años.
Mis inseguridades pueden ser otras, pero mi manera de reaccionar ha sido practicada una y otra vez.
Después de muchos años entendí algo sobre mi misma:
Muchas veces no es la mirada ajena la que me está juzgando.
Soy yo.
Es mi propia percepción poniéndose el disfraz de los demás para venir a decirme que no soy suficiente, que no soy algo más.
Y después de tantos años de práctica, hoy puedo contestarle:
Hoy no.
Mmmh… tu incomodidad me da risa.
Tus sentimientos me dan igual.
Hoy sales a dar una clase de yoga, sean cientos o sean dos personas.
Y entonces vienen las recompensas.
La gente me dice: “Qué seguridad tienes”, “Me encanta cómo no te importa”, “Yo quisiera tener esa seguridad”.
Y no quisiera desilusionarlos, pero la verdad es que la vergüenza no desapareció.
La he domado.
La he trabajado tanto que terminé haciéndola mi amiga.
Incluso aprendí a usarla como combustible.
Porque sé que es una ilusión.
Una quimera.
Humo.
Y mi propósito es más grande que mi pena.
Por eso, cuando alguien me dice que quiere ir a un evento pero tiene miedo de lo que van a pensar los demás, pienso en aquella niña de 16 años frente al espejo.
Y me dan ganas de preguntarle:
¿Y si tu miedo no fuera una señal para detenerte?
¿Y si solamente fuera humo?
¿Por qué le das tanto poder?
¿Por qué no te ríes con él?
¿Por qué no puedes reírte un poco de ti mismo por tenerle miedo al humo?
Puedes abrazar a tu niño interior cuando tiene miedo a la oscuridad.
Puedes decirle: “Está bien, tienes miedo”.
Pero después aparece el adulto responsable.
El que sabe que el miedo existe y aun así decide hacerse cargo.
Se levanta.
Respira.
Se quita la ropa si quiere.
Entra al evento.
Da la clase.
Conoce gente.
Vive.
Tal vez la libertad solo se trate de aprender que la vergüenza no se va…
pero ya no decide hasta donde llegas.