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Hoy o mañana habrá entrada comentando novedades y centrándome después del tiempo desaparecido y antes de entrar en el KS del cómic que me vuelva a quitar tiempo. Pero mientra tanto, continuamos con el relato de Sajarratas

Tenéis la primera parte AQUÍ y la segunda AQUÍ. Lo mismo que antes, aún pueden cambiar cosas hasta la versión final. Y sí, hay bastante más escrito. Poco a poco.

¿Por qué esos tipos lo miraban tan raro? Bueno, que se quedaran observándolo no era extraño debido a sus pintas y el olor que desprendía. Pero había algo en aquellas miradas distinto. No era el típico asco rozando las arcadas, sino asombro, casi reverencia.

Empezaron a acercarse mientras cuchicheaban entre ellos, como si estuviesen viendo a Ochodedos en persona después de vencer en el Gran Castañazo. Uno de ellos se adelantó y habló tímidamente.

-¿Eres Sajarratas? Sí, sí que lo eres. Que nervios.

Parecía que iba a darles un colapso.

-¿Puedes darnos un consejo?

Ostias, ¿así iba a ser su vida ahora? Conocía al dueño de la Gaceta de Puentechatarra desde hace bastantes años, y por un tema relacionado con su mujer, otra mujer y una discusión sobre el mejor método de rallar queso mientras te rascas un brazo, le debía una. Así que siendo consciente de lo acostumbrado que estaba Sajarratas a dar la turra con opiniones que a nadie le importaban, decidió ofrecerle la sección de consejos de su diario. Y mira tú que parecía que estaba empezando a tener cierto éxito. Así que centró un poco sus pensamientos, vio el beneficio que podía traer todo esto y contestó.

-Pues claro majo, pero te va a costar una bala, que soy un profesional, tron, estas cosas hay que valorarlas.

El tipo metió las manos en los bolsillos, sacó la bala y la colocó sobre su mano.

-Aquí tienes. Qué nervios. Dime, dime.

Pues en fin, no estaba tan mal la cosa. Empezaba a tener claro que sus tiempos de andar ahí colocado muerto de asco con cualquier mierda iban a desaparecer… ahora estaría todo el día colocado con material del bueno.

-A ver, chatín. Espera que piense. Este es bueno. ¿Pa qué vas a feriarte sólo una cosa si puedes comprar dos por el doble de precio? ¿Eh? ¿Eh?

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Aunque habitualmente me gustaba ver la cara de desconcierto de mis clientes cuando veían el desastre que era mi casa, con ella no pude más que sentir cierta vergüenza, como cuando tu madre entra en tu cuarto y se encuentra el tarro de lubricante, las bridas, el pollón de goma y los 3 enanos enfundados en cuero. Despejé la silla farfullando alguna disculpa y le hice un gesto para que se sentara. Ella asintió y con un movimiento lento, que fue la envidia de mi gato que en su vida había conseguido parecer tan felino, tomó asiento y habló.

- Señor Durango, necesito su ayuda para un asunto de suma importancia. Las balas no serán problema.

Incluso dicho por alguien menos hipnótico que esa mujer, esa última frase siempre era un buen reclamo para atraer mi atención hacia un trabajo.

- Soy todo oídos, ¿señorita…?

- Puede llamarme simplemente Ruby. ¿Le importa si fumo?

Si hay algo que odiaba era el tabaco, su apestoso olor, los dedos amarillos, el humo que te lanzaban a la cara. Nadie había fumado jamás en mi casa.

- Por supuesto que no, adelante. A mí puede llamarme Ricky.

- Prefiero no hacerlo, señor Durango.

Sacó un cigarro y lo encendió lentamente. Habría quedado perfecto que en ese momento hubiera sido yo quien tuviera fuego y se lo ofreciera, pero no era el caso. El olor del tabaco era bastante extraño, sin que fuera capaz de reconocerlo. Dulzón, pero de una manera desagradable, como una fruta que empieza a pudrirse.

- Quiero que averigüe dónde está el Viejo Sajarratas.

No pude sino mirarla extrañado. El Viejo Sajarratas era uno de los personajes más reconocidos de Puentechatarra. Un despojo humano, borracho y drogadicto que se dedicaba a vagar por el asentamiento mendigando y contando batallitas. Sin embargo, por alguna razón era entrañable y apreciado por la gente, e incluso en “La Gaceta de Puentechatarra” le dejaban escribir unos consejos a cambio de unas balas. Pero lo más importante, era que hace una semana lo encontraron muerto y destrozado a la entrada del Túnel 666.

- Bueno, es sencillo, está bajo tierra. Querrá decir que quiere que averigüe quién lo ha matado.

- No, ese cadáver no es él. Sajarratas está vivo y necesito que lo encuentre.

Uff, sabía que había gente que andaba proclamando por ahí que Sajarratas realmente estaba vivo y teorías aún más locas. Pero eran los mismos chalados que hablaban con seres de otros planetas, no creían en la medicina o pensaban que la Tierra era cuadrada. Sin embargo, esta tal Ruby no parecía ni de lejos formar parte de esos pirados.

- ¿Y tiene pruebas de eso? ¿Sabe entonces qué le ha pasado?

- Para eso le contrato ¿no?

Dicho esto sacó un buen montón de balas y las puso sobre mi mesa.

- Se supone que es el mejor, investigue. Eso es todo. Si lo encuentra no debe hablar ni acercarse a él ni a aquellos con los que esté. Simplemente comuníqueme su localización.

- ¿Y si lo que descubro es que está realmente muerto?

- Estas balas ya son suyas, y tendrá tres veces más cuando acabe la investigación. Pero sé que no tardará mucho en llegar a la conclusión que su muerte es una patraña. Su reputación le precede.

Dijo esto último con una media sonrisa tan arrebatadora que me sentí como un niño contemplando un Punkicornio que venía dando saltitos hacia mí.

- Eso sí, no le hable a nadie sobre su “no muerte”. Para el resto de la gente usted estará buscando a sus asesinos.

En ese momento se levantó y se dirigió rápidamente a la puerta.

- Cuando lo averigüe vaya a la “Bestia Sedienta” y pregunte por Doyle. Dígale que lo tiene y yo contactaré con usted.

Tras esto cerró la puerta y se fue, dejando su cigarrillo apagado sobre mi mesa.

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