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¿Más del relato de Sajarratas? Pues sí, por qué no. Recordad que mi idea era hacer un relatillo corto y así va ya la cosa.

Tenéis la primera parte AQUÍ, la segunda AQUÍ y la tercera AQUÍ. Lo mismo que antes, aún pueden cambiar cosas hasta la versión final. 

- No me tendrías que haber tocado los cojones de esa manera.

- ¿Perdona? Fuiste tú quien empezó.

- Ni de coña, tron. La culpa es tuya. Tú empezaste.

- Anda y que te follen, Sajarratas. Sabes perfectamente que toda esta movida del Túnel 666 empezó contigo; sabes perfectamente lo que pasa ahí dentro y por qué. Yo no he hecho nada.

- Sí, me has tocado los cojones a base de bien.

El llamado Sajarratas echó otra palada de tierra al pozo. Estaba sudando a chorros, no sólo por el ejercicio físico de estar dándole al pico y la pala durante buena parte de la noche, sino también porque hacía un calor de cojones en Puentechatarra esos días, y la humedad que había en los cañaverales junto al río, en la zona de Mierdero, tampoco es que ayudase una puta mierda.

Fíjate si tenía calor, que hasta se había quitado su mítico abrigo de piel de ratas que le había valido su apodo. Sólo llevaba puesta una camiseta de tirantes que en algún siglo pasado pudo haber sido blanca, unos pantalones de chándal con un ’82 medio gastado en la pernera y las botas militares sin abrochar que tenía desde que el mundo era mundo. Aún así, sudaba como un puto marrano de seis jamones de esos que criaban en la granja del metano proteizo-no-se-qué-de-su-puta-madre.

El chaval que hablaba con él, de piel morena y pelo negro como ojete de raptura, emitió una risa cascada.

- Engáñate todo lo que quieras, Follarratas. Lo has visto. Me lo contaste. Sé lo que viviste ahí abajo, donde empezó todo.

- ¿Y por qué quieres entrar al 666?

- Ellos me hablaban. Ahora sé lo que tengo que hacer. Es una oportunidad única.

- De morir… morir… la muerte… es lo único que hay ahí abajo. Muerte… oscuridad… no, no, no, no….

Sajarratas empezó a lanzar paladas de tierra al pozo con mucha más rapidez. Frenético. De sus labios seguían saliendo negativas desesperadas, no quería pensar en aquello. Ocupó su mente en el ejercicio físico, mientras su boca repetía como un eco la última sílaba. Clavar pala. Levantar tierra. Lanzar tierra. Clavar pala. Levantar tierra. Lanzar tierra. Nononononononono…

- No voy a volver ahí abajo, Morales, hijo de la grandísima puta.

- Vas a volver y lo sabes. Ya te conté lo que decían. Seguro que te gustó. Sigues dándole vueltas.

- Vete a cagar. Ni de coña. No, no, no…

Más paladas, más sudor. Un dolor punzante en el costado, el flato de haber estado haciendo tanto esfuerzo sin estar acostumbrado y respirando de forma irregular. Se dejó caer de culo. Se estiró para alcanzar su abrigo de pieles de rata que estaba colgado de una rama, y sacó de uno de los bolsillos laterales una gran petaca metálica llena de abollones. Desenroscó la tapa con ansia y le pegó un lingotazo de primera, aunque todavía respiraba con dificultad, así que se atragantó, tosió, algo de orujo casero se le salió por la nariz y estuvo encorvado respirando a trompicones durante un buen rato hasta que se le pasó.

El túnel 666. Los Kafres de Túnel… Vaya puta historia que había sido aquella. Sí, él lo había visto todo. Y había vuelto a la superficie. Pero no para contarlo. Cojones, no. Aquello no se podía contar a nadie. ¿Por qué se lo había dicho a Morales? Ya ni se acordaba. Igual fue una noche de colocón espectacular. Es posible que hubiese hablado en voz alta durante una de sus muchas pesadillas, y el cabrón lo escuchase por casualidad. Un buen día, se le acercó justo cuando se subía los pantalones después de haber soltado un truño épico por la barandilla del segundo nivel del puente. No se le olvidaría jamás ninguna de las dos cosas. El puto Morales. Tenía un plan. Ellos se lo decían. Juntar un grupo. Bajar allí. Empezó a insistir, a seguirlo, no le dejaba en puta paz. Qué forma de rucarle la oreja, vaya brasa que le dio aquel pavo. Sajarratas era clave en su plan, porque era el único que había estado de verdad allí abajo.

Pero Sajarratas no quería volver. ¿Verdad? No debería. Por lo menos, no iba a arrastrar a nadie más con él allí abajo otra vez.

Estaba sudando otra vez. El calor, los recuerdos, las pesadillas… Vaya mierda, tron.

- No se lo habrás dicho a nadie más, ¿verdad?

- Todavía no, ya te lo dije. Quería convencerte a ti primero.

- Vaya forma de tocarme los cojones. Puto pesao.

- ¿Si se lo hubiese dicho a alguien, habría habido alguna diferencia?

Sajarratas se levantó, cogió la pala con unos brazos que ya se le estaban cansando y se acercó de nuevo al pozo. Miró dentro.

- Que hubiese tenido que cavar más pozos.

Echó las últimas paladas de tierra. De sobra. De hecho, ahora que lo pensaba fríamente, no tenía ni puta idea de por qué se había molestado en enterrar a aquel cabrón. Como si a la peña de Puentechatarra le importase un fiambre más o menos en las calles. Sería el pánico del momento.

Se puso el abrigo y se apoyó en la pala durante un instante. Su vista, guiada por sus pensamientos más oscuros, fue recorriendo las siluetas de la ciudad hasta elevarse al punto donde, más o menos y tras un montón de vigas, chabolas, pasarelas y demás, estaría la entrada tapiada al túnel 666.

Supo que esa sería la siguiente parada de la noche. Se frotó los ojos, llorosos por el esfuerzo y los recuerdos. Sus manos ahora temblaban. Se las frotó por el rostro escuálido, produciendo un sonido rasposo cuando los callos de los dedos pasaron por su barba sarnosa de cuatro días.

- Tío, tío, tío… Vaya marrón, tío.

Se lo decía a sí mismo. La conversación con Morales, tapado ahora por un par de palmos de tierra, se había terminado.

- ¿Por qué me tuviste que tocar tanto los cojones? Me obligaste a hacerlo.

Sajarratas se puso la pala al hombro y echó a caminar cuesta arriba.

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Aunque tenía mis contactos, lo cierto es que en una situación como esta no los necesitaba para nada. A nadie le importaba lo más mínimo que estuviera desenterrando un puñetero cadáver del cementerio apañado que había al sur de los Jonkos, y ni siquiera me molesté en ir de noche. Cosas peores se veían todos los días.

La tumba de Sajarratas estaba sorprendentemente llena de distintos objetos que algunos de sus seguidores habían dejado allí. Desde una botella ahora vacía de milfuegos, hasta un muñeco cuya ropa era una rata muerta, que supongo quería representar al propio difunto y que daba un mal rollo de la hostia. Había llevado mi mejor pala y los enterradores no se lo curraban demasiado cavando hondo, ya que eso exigía demasiado esfuerzo, así que esperaba poder llegar pronto al ataúd. Quien sabe, quizás Ruby tuviera razón y ni siquiera me iba a encontrar el cuerpo ahí. Aunque lo cierto es que no lo esperaba.

Finalmente incluso fue más rápido de lo que esperaba, ya que estaba a un solo palmo de profundidad y al segundo palazo ya estaba tocándolo. En pocos minutos quité la tierra que lo cubría completamente. Con un giro de la pala en un lateral abrí la tapa y escudriñé desde la superficie sin tener siquiera que sacarlo del agujero. Y sí, definitivamente había un muerto ahí dentro, aunque estaba hecho una auténtica mierda y era imposible reconocer demasiado.

El cuerpo estaba entre calcinado y machacado, rodeado por la característica capa de ratas de Sajarratas. Sentí hasta vergüenza de la enorme chapuza que tenía ante mis ojos. Ese cadáver tenía tan pocos dientes como debería, pero se notaba que los que le faltaban fueron arrancados hace poco y los que perduraban habían estado cuidados. La capa estaba en unas condiciones bastante aceptables pero si habían encontrado el cuerpo con esas pintas y la llevaba puesta, debería estar hecha mierda. Los cuatro mechones que quedaban no tenían el color adecuado. Las uñas de los pies estaban limpias. Y, y… bueno, podría seguir así todo el día.

Sabía de la ineptitud general en Puentechatarra, pero tanta celeridad en dar por muerto a Sajarratas visto lo visto tenía que esconder algo más. Y claro, significaba que Ruby tenía razón y que me tocaba trabajar para encontrar a ese despojo humano que tenía toda la pinta de estar vivito y coleando en algún sitio. Aunque bueno, si esta era la forma de trabajar de quienes habían organizado esto, no debería llevarme demasiado tiempo y serían unas balas fáciles. Tal nivel de chapuza me había dejado tan cabreado que ni siquiera tuve ganas de cerrar el ataúd y taparlo un poco. Que las alimañas disfrutaran un poco con quién quiera que fuera este pobre desgraciado.

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Comments

Alberto Rico Vidal

😱😱😱😱 oh my god ohmygoood.... Me puto encanta y no digo más🥰