Una conversación pendiente con ustedes (y conmigo mismo) (Patreon)
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No sé muy bien cómo empezar esto. Tal vez porque en el fondo no se trata de una conferencia, ni de un artículo técnico, ni de una defensa apasionada de la inteligencia artificial en la arquitectura. Esto es más bien una conversación que siento que nos debemos. Entre colegas. Entre generaciones.
Porque yo también fui ese estudiante que se quedaba hasta la madrugada luchando con una maqueta. Fui ese arquitecto joven que aprendió a usar AutoCAD cuando todavía parecía cosa de ingenieros. Fui el que más tarde migró a Revit, el que discutía sobre la pureza del croquis, el que defendía el render como lenguaje legítimo, el que alguna vez se burló (con cariño) del exceso de filtros en las visualizaciones.
Y sin embargo, aquí estoy hoy, hablándoles de inteligencia artificial.
No como un evangelizador de la tecnología, sino como alguien que, después de mucho probar, equivocarse y volver a probar, entendió que esto ya no es un capricho pasajero. Que la IA no está tocando la puerta de la arquitectura. Ya entró. Está sentada en el estudio. Al lado nuestro. Con sus virtudes, con sus límites, y con ese potencial incómodo que tienen todas las herramientas nuevas.
Quiero contarles algo que hice, para que entiendan por qué me entusiasma tanto y también por qué le tengo tanto respeto a esto.
Agarré un croquis de Le Corbusier. Sí, el mismísimo Le Corbusier. Ese boceto que hizo en el 63 para la iglesia de Firminy. Una hoja amarilla, unas líneas rápidas, una intuición transformada en forma. Lo miré y pensé: ¿qué pasaría si este croquis lo leyera una inteligencia artificial? No como un archivo escaneado. No como una imagen más. Sino como un mensaje. Una pregunta abierta.
Le pedí a ChatGPT que lo describiera. Y la respuesta fue tan precisa, tan cargada de sentido arquitectónico, que por un momento me quedé quieto, procesando lo que acababa de pasar. Después fui por más. Usé MidJourney para reinterpretar ese croquis. Le pedí que lo imaginara, que lo continuara, que lo versionara.
Las imágenes que obtuve… bueno, digamos que si se las muestro a alguien sin contexto, es muy probable que las confunda con obras reales de Le Corbusier. Y ahí entendí algo que me gustaría que también ustedes entiendan, sin miedo, sin prejuicio: la IA no copia. La IA interpreta. La IA sugiere. La IA a veces adivina. Y sobre todo, la IA nos obliga a posicionarnos.
No estoy diciendo que la máquina piense como nosotros. Ni que tenga la sensibilidad de quien pasó años entendiendo cómo incide la luz entre dos muros que se encuentran de distinto color. Pero sí digo que, por primera vez en mucho tiempo, tenemos una herramienta que no solo representa lo que ya imaginamos… sino que nos devuelve propuestas que tal vez no habríamos considerado.
Esto no es el fin del oficio. Es un nuevo capítulo. Y les hablo sobre todo a quienes llevan más tiempo en esto: no teman. No es una amenaza a su experiencia. Es una invitación a ampliarla. A tomar ese conocimiento acumulado y sumarle una capa más. A ensayar, a probar, a jugar otra vez.
Y a quienes están empezando, les digo: no caigan en la tentación de pensar que la IA les resolverá el proyecto. La IA es rápida, es impresionante, pero todavía —y por suerte— necesita de ustedes. De sus decisiones. De sus dudas. De sus correcciones. La IA puede tirar mil ideas… pero ustedes siguen siendo quienes eligen cuál tiene sentido.
Hoy puedo decirles que después de este experimento con Le Corbusier, y después de muchos otros que no entran en este texto, entiendo mejor el lugar de la IA en mi trabajo. No es un oráculo. No es un enemigo. Es un socio que piensa distinto. Y como todo buen socio, a veces acierta, a veces se equivoca, pero siempre te obliga a replantearte las cosas.
No quiero convencerlos de nada. Solo quería contarles esto. Porque creo que en algún punto, todos los que amamos la arquitectura sabemos que lo que realmente nos mueve… es seguir preguntándonos por dónde empezar.