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La última playa que visitamos al atardecer nos la recomendó un lanchero. Le dijimos que buscábamos un lugar tranquilo, con un poco de privacidad, y por el nombre imaginamos que las parejas solían refugiarse ahí.

Por suerte apareció en el mapa. Después de un buen rato siguiendo más el instinto que las indicaciones, finalmente llegamos. La marea tenía otra personalidad. Aunque las olas no eran grandes, cada una empujaba con una fuerza que se sentía en las piernas. Lo que más me sorprendió fue la arena: casi no se veía. El suelo estaba cubierto de conchas y caminar descalzos era todo un reto. Además, las rocas hacían difícil encontrar un rincón cómodo para quedarse mucho tiempo.

Aun así, encontramos nuestro momento para desnudarnos. No había casas, restaurantes ni turistas alrededor. La carretera quedaba relativamente cerca, pero a esa hora todo parecía suspendido y estábamos convencidos de que nadie aparecería. Lo único que rompía esa sensación de paraíso era la basura. Había desperdicios dispersos y marcas de cuatrimotos atravesando la arena. Imaginé que los fines de semana el lugar recibe más visitantes, y me dio tristeza pensar que un sitio tan hermoso termine pagando el precio del descuido.

Nos fuimos con la sensación de haber conocido dos playas completamente distintas, separadas por apenas unos kilómetros. Cada una con su propio carácter, su propia energía. Esta, en particular, se quedó rondándome la cabeza. Hay lugares que no se terminan de conocer en una sola visita, y este merece regresar con más tiempo.

Con ese atardecer también cerrábamos nuestro paso por Isla Aguada. Al día siguiente el camino nos llevaría de vuelta a Mérida, justo donde había comenzado esta historia. Cada vez me convenzo más de que este viaje llamado vida, vale la pena por la compañía que encontramos en ella. 

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